HOY EN VIDEOTECA – Homebase – dZihan and Kamien

Publicado por la cortesía de mardrum12 / Canal You Tobe
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EL RARO CASO DEL PRIMO WILLY

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En la oficina no se aguanta las ganas de orinar. Camina rápido al baño y se gasta casi un minuto en vaciarse. El líquido empozado se ve como una cerveza recién vertida envolviendo un trozo de papel higiénico flotando, casi inmóvil, como si estuviera congelado. Igual que su mente, congelada por el recuerdo de esos besos. Aquellas manos amasando el trasero que por quince años creyó que le perteneció. Ese día salió más temprano y quiso buscarla. Recordaba cuando se conocieron. Cuando no resistían estar sin llamarse por teléfono, acordando citas, o planeando el camino que tomarían en el próximo encuentro. Como lo hacían antes. Aunque ya ni siquiera estaba seguro del valor de ese antes. Pero sí, hubo un tiempo en que casi todo lo hacían juntos. Antes de caer en el descuido. Antes de nacer las niñas. Dos, por cierto, las que le permitieron la espuma espermaticida y los condones de alta calidad.
Sí, parte de la culpa fue ese descuido, su cuota de descuido. Por eso no le dijo nada cuando la vio aferrada al otro. Se contuvo cerrando los puños. Tragando grueso. Por supuesto que fue terrible. Sentirse así por dentro, como si se le abriera una fisura en el pecho y una sabia ardiente le quemara todo. Pero no. Se devolvió del tiro. Esforzándose por alejarse de ese pesado films de la vida. ¿Y las niñas?, pensó. Pasaría por ellas a la escuela. Un pequeño susto a la traidora no estaría nada mal. La maestra le pidió la identificación cuando revisó el libro. Le hizo llenar una extensa ficha con sus datos, otra cosa más que le molestó. Qué le pidieran pruebas de su paternidad a estas alturas. Sólo así pudo llevarlas a casa. – Papi, ¿y mami?, ¿por qué te tocó buscarnos hoy?, ¿dónde está mami?, ¿por qué no está con nosotros? Su mente volaba. Lo que había visto le hacía doler la cabeza. ¿Mamá está en la casa? ¿La botaron del trabajo? ¿Salió de vacaciones? ¿Vamos a la playa? Pasó por una heladería y les llenó la boca para que no hablaran más. No quería hablar más. No estaba en capacidad de explicar cosas.
Eran las once de la noche cuando se sentó en la mesa de la cocina a esperarla, con una taza de café en las manos. Las niñas ya estaban en el mundo de Peter Pan. Iba por el cuarto sorbo cuando la cerradura sonó. –Alcides qué haces allí, le dijo sorprendida, ¿buscaste a las niñas?, porque en la escuela me dijeron que alguien las había buscado pero no me explicaron nada. –Están en su cuarto bañadas y comidas… –Uf, qué susto me diste vale. Pensé que había sido mamá, porque tú siempre llegas tarde. Y me da cosita que la vieja tan enferma me tenga que estar haciendo las vainas. Alcides arruga la frente y la detalla buscándole alguna huella de su traición. Briseida sigue con una media sonrisa.  –Es justo que lo hicieras por una vez en tu vida, chico, porque nunca sales de la oficina, ¿o no tengo razón? –Hoy salí temprano y pasé por tu trabajo. Ella cambió de color. – Ah sí, qué extraño, ¿saliste temprano?, tenías años que no lo hacías… Se quitó los lentes, los zapatos, se soltó el cabello, y volteó hacia la nevera para tomar agua. Desde allí seguía hablando mientras inclinaba el vaso en su boca para vaciar el contenido. – Y, y, dónde estabas tú, porque yo no te vi… -No sé si te interesa donde estaba yo, Briseida, pero tú sí que estabas bien acompañada con tu querido amigo, tanto que preferí no interrumpir. Se quedó muda, aunque su boca se movía como diciendo algo inaudible. Se veía tan pendejamente graciosa. No podía imaginarse como carajo la había descubierto. –Fue entonces que solté la otra parte que tenía atascada. Lo había pensado durante horas sentado en el comedor. – ¿Tenemos quince años juntos, verdad, Briseida?  Ella bajó la cabeza, miraba sin ver las pintas de la cerámica del piso. Una cuenta mancomunada. Tarjetas de crédito. Los chamos están pequeños. La casa de la playa. Este departamento. En fin, tenemos mucho que perder si nos divorciamos, ¿no es verdad, Briseida? Está vez movió la cabeza como asintiendo. Te digo algo chica, vamos a darnos un tiempo, y si quieres tomas tu decisión. Pero es necesario un tiempo porque una separación no se puede tomar a la ligera. ¿No es verdad? Ella quería hablar pero no podía, sus palabras le quedaban atascadas entre sus dientes. -No voy a obligarte a estar conmigo, mujer. Tampoco tienes que explicarme nada. Yo entiendo lo que nos ha pasado. Nos hemos enfriado con los años. Nuestro amor o el amor ese que dicen los poetas, no es eterno. Es natural, vale, que ya no sientas nada por este pendejo.
Ese fue mi error. Hablar más de la cuenta, irme de buenas a primeras sin permitir que dijera nada, quizás porque en realidad no quería que ella hablara y me golpeara con esa verdad. De que ya no me quería. Que estaba enamorada de aquel tipo y que lo había retrasado todo para decírmelo, pero que ahora al descubrirla no había vuelta atrás, y cosas así… Me consideraba un tipo de mente abierta. Alguien comprensible que entendía que el fracaso de una relación siempre es de dos. No me pasó por la cabeza que invitaría al tipo a cenar.
Las niñas y yo nos sentamos. Briseida colocó un montón de arepas en el centro de la mesa, como si viniera a comer Pedro Picapiedras, abrió tres latas de atún, y la vertió en la mezcla de tomate con mayonesa. –Bueno, como ya sabes algo de la historia de esta tarde, te informo que él va a venir, así que quiero que cambies tu actitud.  -¿Quién viene mami?, ¿quién viene…?  ¿Lo conocemos mami? ¿Es amigo del trabajo de papi o del tuyo? ¿Es tu jefe papi?  Intentaba trabajarme la mente, saben, concentrarme en una idea que me tranquilizara. Eres un tipo comprensible, Alcides. Tú sabes que puedes arreglar todo de la forma correcta. Puedes recuperarla si actúas de la forma indicada. No, no, no pienses eso… con matar al tipo no arreglas nada. Ella lo seguirá queriendo y tú irás a la cárcel. Piensa Alcides, piensa bien, cálmate, cálmate… ¿Qué es lo más que puede pasar si viene el pendejo ese aquí? Sólo hablar. Hablar de cosas. Hablar de la vida. De nuestras vidas. De cosas que quizás nos ayuden a decidir el asunto. Podría recuperarla si hablo como debo, o de perderla definitivamente, qué vaina vale, que buena vaina, Alcides…  Trataré de mantenerlo a raya, sí. De que entienda que sólo le queda un camino, irse, y dejar a mi familia en paz.
Pensé que sonaría el timbre como normalmente ocurre cuando un extraño toca la puerta, pero lo que sonó fue su celular. Briseida se lo puso al oído y enseguida sonrió. Eso me mató. Sentí otra vez el líquido caustico en el pecho. La perdí, me dije. Ya no importa cuánto tiempo le des, Alcides, siempre se irá con aquella bestia. Caminó hasta la puerta y abrió. Lo recordaba bien. Esa carota horrenda sobre la de ella, cubriéndola con sus labios de caucho, como si un extraterrestre le succionara algo. Luego las manazas abarcando sus nalgas, apretándolas y soltándolas y así, como una pesadilla fílmica.
Mi primer impulso fue pararme, tomar lo más filoso del porta cuchillos y filetear su cuello. Como era enorme,  pensaría en tomar una silla para llegarle a la cabeza. Me hubiera conformado con la parte alta de la espalda, cerca de la médula espinal. Si no me equivoco, en pleno bulbo encéfalo raquídeo. Allí quizás no lo mato pero lo dejaría paralitico, o aún mejor, impotente. Pero no, soy un tipo culto, educado, dispuesto a dialogar. Podría mostrar a Briseida el hombre que perdió o estaba a punto de perder. Lo más lógico es que se retracte. Que de repente en un chispazo de sensatez le diga al otro, perdóname fulano pero no puedo dejar al amor de mi vida, y dándose la vuelta me abrace. Pero si nada resulta, bueno, allí sí quizás lo mataría o los mataría, pero nunca frente a las niñas, por su puesto.
El tipo avanzó con Briseida y me puse de pie. ¿Mamá quién es ese señor? ¿Es amigo tuyo o de papi?, ¿papi es tu compañero? ¿Mami es alguien del trabajo? Ahh es una sorpresa mami ya lo entendemos. Ay mami dinos por favorcitooo. Puse mi mejor o peor expresión o la que me salía. Y en ese segundo se me vino a la mente tanta vida juntos.  Cuando llegamos a esta casa con tanta pobreza y ganas de comernos el mundo. Cuando dormíamos en el piso por falta de cama y celebrábamos con cada cosa comprada. Traté de recordar cual fue la canción que le canté para enamorarla, porque me la daba de poeta por ese tiempo. Briseida me presentó al tipo como el primo Willy. Un pariente lejano que su familia había enclaustrado en un hospital psiquiátrico.  Tenía como un tacle en la cabeza que le daba por tocarles el culo a las damas. En su mente todas eran sus hembras. Se trataba de un extraño caso de esquizofrenia pasional que lo impulsaba a abrazar a la que se le pusiera por delante. Mi suegra por pesadillas y remordimientos, había decidido sacarlo del hospital y Briseida de tenerlo en la casa por un tiempo. Willy era en realidad un tipo normal, tenía su propio celular, hablaba de cualquier tema porque leía mucho. Comía como un demonio y bebía cervezas, aunque se las prohibieron porque según le agudizaba la crisis. Le daba por besar a su tía a cada rato, recuerden, la madre de Briseida, mi suegra. En navidad, entre cerveza y cerveza era inevitable verlo con unos chores a cuadros y la herramienta inhiesta por toda la casa. Le gustaba sorprender a las amigas de la universidad de  Briseida, cuando iban al baño. ¡Ahí está la pelúa!, les gritaba. Entre otras cosas que me dijo ella al oído mientras su primo comía. Porque esa es otra vaina, el tipo es súper pilas y uno debe estar pendiente de cada movimiento suyo. En fin, es todo un personaje de American pie y ahora viene para quedarse y no sé cómo manejar esto, la verdad. Porque imagínense ustedes que yo tenga que aceptar que el primo Willy le esté tocando el culo a mi esposa en mi propia casa. Esa vaina no se la permito yo ni al loco más loco de la historia.

LA INESPERADA VIRTUD DE LA LOCURA

PAREJA ENAMORADA
 

Nunca supe cómo me salieron esos trazos. Tenía las caras de Bolívar, Miranda, Washington y Robespierre, sobre el pizarrón. La tiza se partió varias veces, pero aun así dibujé facetas de las principales batallas. Es interesante cuando vamos a los detalles: artillería empleada, uniformes, rutas, estrategias…. Un representante miraba por la ventanilla. Su sonrisa parecía validar mi trabajo. Los de historia tenemos fama de aburridos, pero cuando hacemos algo inusitado, nunca hay testigos. Ahora, esa señora de ojos luminosos, es la excepción. Podría hacer una aproximación de su edad. Puede que tenga treinta y siete, más o menos. Quizá estaba en una reunión de padres y escuchó por casualidad mi disertación. No pudo evitar echar un ojo por la ventanilla. Es bueno que lo hiciera, es atractiva. Ahora me hace señas con la mano. Quiere que me aproxime. Me acerco y abro la puerta cortésmente. Es la mamá…

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