HOY EN VIDEOTECA-NEIL GAIMAN

Discurso dado por el escritor británico Neil Gaiman en la University of Arts en 2012.
Video publicado gracias a Wholee Dantès canal You Tobe

 

Neil Gaiman nació el 10 de noviembre de 1960 en la ciudad de Portchester, Inglaterra, y se crió en Sussex. De niño cultivó una gran afición a la lectura, tanto de libros (G. K. Chesterton, C. S. Lewis, J. R. R. Tolkien) como de comics. Su mayor sueño era convertirse en escritor y por ello no acabó los estudios y se puso a trabajar colaborando en diversas publicaciones como crítico, articulista o entrevistador. Una de esas entrevistas, con Alan Moore, le cambió la vida: despertó en él su antigua afición por los comics y empezó a plantearse la posibilidad de escribir historias para este medio, instruido por Alan Moore. Después de un par de trabajos de rodaje, en 1986 conoce a Dave McKean, joven dibujante de peculiar estilo y juntos crean su primera novela gráfica, Casos Violentos. 
Neil Gaiman – Wikipedia, la enciclopedia libre 

 

LOS MILAGROS PUEDEN OCURRIR SI LO QUEREMOS

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 A mí amada Maixel

Cuando lo ví estaba a punto de lanzarse. Los faros del tren iluminaron los fierros de las vías, el túnel, las partículas de polvo que flotaban en el aire como un cosmos diminuto o como un más allá que le prometía el sosiego de su dolor. Dio unos pasos, se persignó y asentó su gorra mientras daba el último vistazo a ese mundo que nunca logró entender. Sé que muy dentro rogaba ser salvado de su propia decisión de morir. Lo sé porque yo misma lo sentí cuando intenté lanzarme horas antes. Ayer por la tarde recibí el cuerpo de mi hijo y no paré de llorar. Alguien le dio catorce tiros porque dudó unos segundos en darle su celular nuevecito, acabado de comprar. Cómo lamento no haber estado allí…Cómo lo lamento mi niño.  Si hubiera sabido que tu primer sueldo como técnico lo ibas a gastar en un maldito celular, te lo hubiera arrebatado de las manos. Nadie evitó tu desgracia. Mi desgracia. Ni policías, ni guardias, ni agentes del metro, ni metiches, ni nadie. De la comandancia de policía me llamaron a reclamar tu cuerpo. Estabas en esa fría morgue de Bello Monte, como otros miles que matan los fines de semana. Te identifiqué y firmé el papel: – Sí, es mi muchacho, el que parí hacen dieciocho años en el Clínico Universitario. El que me dejó Sergio, su padre, antes de irse con otra, también preñada como yo. Fue allí que me vine en llanto, en mocos y en todos los fluidos que podía contener. Ellos dijeron que me darían tu cuerpo cuando estuviera en condiciones, y casi agradecida, salí sin decir nada. Llegué justo aquí  para dar el salto de la muerte. Tenía en mi mente tu viva imagen. Cuando te llevé a la escuela por primera vez, cuando te ponía tú ropita, tus zapatos, cuando te convencía para que comieras y te emocionabas porque íbamos a salir, o cuando me preguntabas por tu padre y te ponías a llorar sobre mis piernas. Cuando notaba en silencio que crecías y me daba ese sentimiento, de que llegaría el día en que me dejarías para formar un hogar. Cuando revelabas tus planes futuros de que serías ingeniero. Pero ahora, mi niño, ahora mi hijito, ahora no podrá ser. Ahora no podré verte nunca, y mucho menos feliz.

El metro estaba atiborrado. Eran esas horas en que la gente sale de sus trabajos y luchan para salir o entrar de los vagones. Simplemente no podía llegar al borde para poner fin a mi dolor. Me senté en el piso a esperar que bajara el gentío y recordé: “-¿Mami, mamita, quieres saber cómo podría sufrir yo? – ¿Cómo hijo, cómo podrías, para evitártelo siempre? –Bueno, si murieras mami, o si nunca regresaras a casa.” Eso me infundió fuerzas para vivir, comencé a subir las escaleras, pero escuché los gritos de la gente. Y luego veo a ese pobre muchacho a punto de lanzarse, es como si fuera mi hijo, pidiendo que lo salven. Me abrí paso entre los mirones y lo sujeté antes de que se lanzara. Nadie me ayudó a pesar de que estaba a punto de colapsar y de tumbarse al piso. Sólo miraban o grababan videos con sus teléfonos para compartirlos en las redes. Ni siquiera un funcionario del Metro salió a ofrecer sus servicios. Pero a pesar de su peso logré ponerlo lejos del borde. Lo senté en las escaleras. Insistía en arrojarse al tren porque su vida ya no tenía sentido: “-Ayer unos bichos del barrio mataron a mi vieja. Le dieron un golpe en la cabeza con la pistola y dejó este mundo.” Lo abracé como un hijo. En ese instante, el espacio del andén fue ocupado por el tan esperado tren. Los mirones partieron y todo se llenó de gente nueva. Gente que no supo el milagro que ocurrió. El joven caminó conmigo a la superficie. Su semblante cambió aunque no su tristeza. Me conformé al menos de evitarle esa muerte que no merecía y eso produjo en mí una rara plenitud. Antes de cruzar la avenida me abrazó. Lo vi alejarse como al que se le da una segunda oportunidad. Pero nadie sabe el destino de una vida. Y nuestros pensamientos a veces son como chicles que suelen perder el dulce luego de un tiempo. Voy a serles franca, no puedo asegurar de que se quedó quieto con la idea del suicidio. Quizás lo volvió a intentar al siguiente día. No sé, tal vez es cuestión de que el vacío se apodere de tí y no lo puedas llenar.

Axel Blanco Castillo

LA MALA INSTRUCCIÓN

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“Hijo mío, si los pecadores te quisieran persuadir, no lo consientas.
Si te dicen: Ven con nosotros;
estemos al acecho para derramar sangre
y embosquemos sin motivo a los inocentes;
los tragaremos vivos, como el Seol,
enteros, como los que descienden a la fosa;
hallaremos riquezas de toda clase;
llenaremos nuestras casas de ganancias;
echa tu suerte con nosotros;
tengamos todos una sola bolsa . . .”
Hijo mío, no andes en el camino de ellos;
aparta tu pie de sus senderos,
porque sus pies corren al mal
y se apresuran a derramar sangre. 
Los tesoros de maldad no serán de provecho;
Mas la justicia libra de muerte.”
Proverbios de Salomón

“RCR NOTICIAS, PORQUE LO BUENO UNE: Señores, a continuación el resumen de noticias de las últimas horas: Los índices de criminalidad han aumentado según datos del Instituto Nacional de Estadísticas. 70 homicidios por cada 1000 habitantes, repuntan los fines de semanas. Distintos sectores de la sociedad hacen protestas porque la delincuencia mancha de luto a la familia venezolana. Algunos funcionarios aseguran que la delincuencia es uno de los males que heredamos de la 4ta República, mientras otros, denuncian la pasividad que en esta materia ha tenido el gobierno en los últimos catorce años. En materia económica…”  -Ay manita apaga eso que me aturde. Todo es negativo, la verdad, cómo se puede vivir en esa zozobra. –A mí me gusta Imandra, se escuchan unas vainas… La peluquera apaga el secador, y con el cepillo en la mano, camina hasta el aparato moviendo el dial hacia la derecha. –Ay sí, me encanta esa, ¿cómo es que se llama? –Circuito Éxitos, creo. Sobre la silla Imandra mueve los hombros como si bailara y explaya una sonrisa frente al espejo. Está feliz porque su hijo le compró una quinta en la Trinidad. Nunca se imaginó que algún día saldría de la Morán, y mucho menos por obra y gracia de Atencio, que ni estudió ni le gusta trabajar. Pero así son las cosas de la vida, de pronto le llegó un día con unas llaves y la sacó del rancho. Fue como si se hubiesen ganado la lotería y el billete les hubiera caído de sopetón: Casa, carro, y todo lo que pidiera por esa boca. – ¿Y cómo está tu hijo?, ¿sigue dándote dolores de cabeza? –Ay no chica, mi gordo se afirmó. Consiguió un trabajo no sé dónde y me tiene como una reina. Si lo vieras cómo se viste ahora, todo de marca. Hasta me sacó del rancho, ya no vivo en la Morán, ¿sabes?, para darte un dato de cómo se las juega ahora mi gordito. –Ajá, y se puede saber a dónde te mudaste vieja pichirre. Imandra lanza una carcajada y le dice la dirección exacta en la Trinidad. –Quiero que vayas este fin y me hagas las mechas, porfa. La peluquera detuvo el cepillo arriba, por unos segundos, estirando una cabellera de casi metro y medio de largo. Por un momento abrigó esperanzas de una visita de ocio, sin tener que llevarse el bolso ese, tan pesado e incómodo. -Si tienes secador y cepillo no te cobro, mana, en verdad no quería trabajar este fin, pero por ser tú, haré una excepción…

Imandra tenía de todo. Atencio equipó su casa con tecnología de punta: TV Táctil, nevera inteligente, microondas, una colección de ayudantes de cocina, mini-componente que se prende con sólo escuchar la voz, aire acondicionado 60.000btu, muebles, tapetes persas…, y todo lo que la imaginación de una humilde peluquera pueda concebir. –Siéntate chica, pareces una gafa parada allí. La peluquera estaba hechizada con tanto lujo. También sorprendida del giro que había tomado la vida de su amiga, tan pobrecita que era. Recordaba que siempre le quedaba debiendo los peinados, y a veces, simplemente, se los dispensaba. A Imandra le gustaba ir a su casa en el Cuartel, porque a su concepto era la casa más bella que había visto en su vida. Ahora las cosas se habían revertido. Ahora era ella la que pensaba, francamente, que la casa de Imandra era la más bella que había visto. También el concepto que tenía de Atencio había cambiado, que lo conocía a través de los relatos de Imandra. –¿Esa es la foto de Atencio? –Sí, verdad que es bello mi gordo. No entiendo por qué Yayita lo dejó. Si él se desvivía por ella. Un día le prometió matrimonio pero ella se empeñaba en ponerle trabas al asunto. Que disque era mejor que se conocieran bien. Que además, tenía que comprobar unos rumores que corrían por allí sobre él. Dime tú, pararle a lo que dice la gente. Chica, es que lo puedo jurar con este puño de cruces, mi hijo no es ningún malandro, él lo que hace es aprovechar las oportunidades que le brinda la vida. La peluquera le ha colocado un gorro de goma a Imandra. Es un gorro con orificios, para seleccionar los mechones sin tocar el resto del cabello. A través de la goma saca los mechones, los decolora, y los pinta de una vez con un Koleston especial. Tras esperar media hora, retira el gorro, lava y seca el cabello. Las mechas color champagne acentúan los rasgos de Imandra. Sus pómulos emergen, la nariz se ve un poco más respingada, y los ojos más grandes. La peluquera mira su trabajo satisfecha, y se lo muestra a Imandra. –Uy, cómo cambian esas mechas, mana. La verdad es que me hacía falta, porque a veces mi cabello se pone como una tomuza. Una vez, sin mentirte, se quedó mi plancha atascada allí. – ¿Pero la plancha no es muy grande?, Imandra, digo, para quedar tan atrapadita en tu cabello, je je. –Es mi plancha gafa, éstos… (se saca los postizos dentales de la boca y los vuelve a introducir). –Ah, creí que era la de planchar. La peluquera se queda mirando la foto de Atencio. La verdad es que no es feo, piensa. Bien vestido y con una corbata, puede pasar por licenciado o un empresario de esos poderosos. Aunque en realidad ella nunca se ha impuesto esas metas. Siendo honesta consigo misma, tiene tiempo que no sabe lo que es un hombre. Y Atencio es soltero. Quizás su amiga Imandra consienta la relación de una humilde peluquera con su gordito. Imandra capta los chispazos que salen de la pupila de su amiga sobre la foto y sonríe. Tal vez ella sea la última oportunidad de Atencio para casarse, para que le dé un nietecito. ¿Será algo tan difícil tener un nieto? En realidad, desde que Atencio le trae tanto dinero y tantas cosas, siente que algo le puede suceder en cualquier momento. Por eso es que quiere un nietecito, para no quedarse sola. –Chica te voy a preguntar algo, pero quiero que seas sincera… ¿te gusta Atencio? La peluquera se queda muda por unos segundos y luego afirma con la cabeza. –Pero no quiero que le digas nada, Imandra. Deja que las cosas surjan por sí solas. –Tranquila, déjamelo a mí chica, mi gordo caerá rendido a tus pies. En ese momento el cerrojo suena y la puerta principal se abre. Atencio aparece con el rostro blanco de miedo, un sudor frío lo recorre de pies a cabeza. Lanza con esfuerzo un bolso que, al caer, se abre lleno de billetes. Su franela está roja de sangre, porque le han dado tiro abajo del pectoral izquierdo. Casi se cae, pero su madre y la peluquera lo sostienen rápido, lo llevan al mueble. Imandra sale histérica a buscar el maletín de primeros auxilios, mientras su amiga trata de evitar que la sangre siga saliendo, presionando con un trapo. Fue justo en ese instante cuando ella se presentó. Le dijo que además de peluquera, también era amiga de su madre, y que la podía llamar Lourdes.

PARTÍCULAS MARAVILLOSAS

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Soy un guiñapo pateando el borde filoso de la estación, burlando la muerte. Estúpida mente que alucina con los rieles. Estúpidos dulces venenosos que nunca debí tragar. Abajo crece el mar metálico y dos soles se ponen en el horizonte. Es como estar en otro planeta. Ejecuto mi mejor clavado… El que siempre quise hacer y nunca hice… Soy Riddick. Soy el capitán del Enterprise en un agujero psicodélico. Soy millones de chispas que flotan y traspasan el techo a una velocidad de no retorno. Ya no me importa quien fui, lo he olvidado. Si me preguntas por mi destino, que si tengo certeza de lo que me espera, es sencillo, no lo pienso. Tampoco creo tener siquiera una sutil idea del dolor que sentiré. Lo que sé, es que mi pecho se convulsiona por algo más que dolor, como si mi corazón fuera derretido por llamas… Sí, es por tí Milena…porque me dejaste. Porque me abandonaste en este cosmos incomprensible. Porque no dejaste una maldita pista de tú paradero. No tuviste misericordia de este patán. El que te daba lo que querías, tú paliza, tú noche de fiesta, tú doble dosis de peligro. Es lo que me decías siempre, aunque sabías que era tú perdición. Claro, nuestra perdición… Caigo, y es como si te escuchara hablar. Dónde estás Milena, dónde te fuistes. Espero que no te arrojes como yo al maldito tren.
Mi acción inesperada, como es obvio,  genera pánico. Muchos abren sus bocas y gritan como si eso pudiera salvarme. Algunas madres tapan los ojos de sus chicos. Pero  la mayoría se aglutina al borde para precisar detalles. Aunque otros sólo explotan de risa, sin poder explicar que son los nervios, pero no importa, yo lo sé, y los perdono. Perdono a todos los que quisieron ayudarme o los que no. Perdono a los que criticaron mi vida. Esta cinta difusa que se reproduce sin que pueda evitarlo.Todo este tiempo para pensar, lo siento raro. Parece que caigo sin caer, sin que pase lo que tiene que pasar. El que conduce el tren sonríe mientras lee algo en su celular. Por fin mi cuerpo se adecúa en el aire para la colisión. Las ruedas contra los rieles emiten chispas que terminan por llenarlo todo. Es cuando noto a Milena. Su cabello azul me ayudó ubicarla. Al parecer no me dí cuenta de sus gritos chillones. De mi nombre cantado en sus labios con ese toque aniñado. Viniste hermosura, viniste, y no me dejaste, y eso quiere decir que me perdonas… ¿verdad?…
Qué ironía amor, que ironía…
Ahora que me convierto en millones de partículas…
Recuerdo que una vez rabiosa me dijiste…
Que querías verme morir.