SUEÑOS FRAGMENTARIOS

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HABÍA DEJADO LA VENTANA ABIERTA y cuando amaneció, la lluvia mojó mi cara y desperté. Salté de un brinco de la cama y cerré el vidrio. Miré el reloj y eran las seis. Me acosté de nuevo sin preocuparme por el trabajo, era sábado. Charlie comenzó a ladrar y rasguñar la puerta, había pasado toda la noche en la calle copulando con perras malas. Salté otra vez de la cama y abrí los pasadores y la puerta. Charlie dejó de ladrar y entró como cualquier tipo que llega a su casa después de una noche de farra. Le puse perrarina en el plato y agua en la escudilla. Me dejé caer sobre la cama y cerré mis ojos. No pasaron diez minutos cuando sonó el teléfono. -Hola hijo perdona, ¿podrías ponerme la inyección? –Ya voy, le dije, y colgué. Mi madre vivía en el piso de arriba, así que me puse la bata de baño y salí. Me llevó como veinte minutos subir e inocularla. Bajé, y otra vez me lancé sobre la cama. Escuché un  tañido de campanas. Entré por la puerta de la estructura rocosa y subí por la torre hasta el campanario que no se detenía: BLAM BLAM, BLAM BLAM, BLAM BLAM… El sonido me aturdió a tal grado que desperté, ni el sueño más pesado podía con el timbre. Era el técnico de CORPOELEC que tocaba sin levantar el dedo. Creo que gozaba al hacerlo. Cuando llegué a la puerta, había partido dejándome un aviso de corte. Lo tomé. Era un papelito rectangular con un recargado membrete y la palabra-AVISO DE CORTE-. Casi al final estaba el monto en negritas. Era un monto ridículo, ocho bolívares con cuarenta. Tantas molestias por tan poca plata me daban risa. De todos modos apagué las luces que habían quedado encendidas desde la noche.

Desayuné sobre el sofá viendo la tele. Discovery Channel describía la vida de los leones de África: “La especie Panthera Leo, es la más feroz del Parque Nacional Kruger. Mientras que las hembras pueden durar hasta catorce años, los machos no pasan de ocho años de existencia…”  Tenía un traje kaki de explorador y era amigo de la tribu Maasai. Decían que tenía la habilidad de amansar a los Panthera Leo. Aquel trato me gustaba, en fin, era una aventura que siempre quise vivir. Pero los Panthera Leo me rodearon y los Maasai alzaron su grito de guerra. Creí que moriría. Los leones se lanzaron sobre mí y mordisquearon partes de mi  esquelética humanidad. Usé ese poder para amansar fieras y creo que resultó, porque en lugar de sufrir dolor, experimenté una risa incontrolable. Cada mordida era en realidad una lamida en cualquier parte del cuerpo. Desperté bañado en la saliva de Charlie.

Almorzaba con Darna en la cama. Comimos hallaca, ensalada y pan de jamón. Mi barriga se prensó por la llenura. En realidad no medí cuántas hallacas comí. Igual tuve que cumplir mi parte con la chica. Fue como hacer ejercicios en la selva. Quemamos todas las calorías del almuerzo antes de hacer la digestión. Es algo complicado. Quedamos exánimes y viendo hacia el techo. Húmedos como tórtolas que se mojan con el rocío de la mañana. Allí, cerré mis ojos y conocí a Marilyn. La vi tan rubia como en Gentlemen Prefer Blondes. Un poco frívola para mis gustos pero era Marilyn. Estaba con otros tipos, tal vez uno era Eliott Reid, Tommy Noonan o quizás Tony Curtis. Era un gánster perseguido por sombríos detectives que podían medir los pensamientos. Me vi descargándoles una metralleta pero me dieron en el brazo. Sentí un extraño pinchazo y un dolor intenso. Caí. Marilyn se me echó encima desesperada -¡despierta papi, despierta! Sentí sus cachetadas y pensé que agonizaba de dolor. Abrí mis ojos sobresaltado. Darna estaba sobre mí, sus cachetadas lograron regresarme al mundo de los vivos. Mi brazo izquierdo era lastimado entre el borde de la cama y la cómoda. Ella decía igual que Marilyn-¡despierta papi, despierta!

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Al llegar la noche decidí no dormir. Prendí el compañero de los noctámbulos, la tele. Darna se había marchado y también Charlie. Piqué muchas papas y las puse sobre un sartén rebosante de aceite caliente. Saqué la Kétchup, refresco y carnes frías. Me enrollé con la sábana en el sofá mientras esperaba las papas. James Bond era atacado por los secuaces del doctor No y se defendió como siempre sin despeinarse. Los abatió con su golpe de mano abierta pero otro lanzó por la ventana una bomba k1. Bond, saltó por la otra ventana y cayó en el río Sena. Madeleine lo esperaba en una lancha encendida y partieron. Empecé a sentirme como Bond, tomé a Madeleine, la introduje en el camarote y la besé. La lancha avanzaba a toda prisa conducida por un piloto automático. Mientras el doctor No nos seguía de cerca con un submarino. Comencé a oler humo, un humo que se hizo denso y llenó todo. Ella decía que era el motor, pero yo sabía que eran las papas que se quemaban.

 

Relato publicado en el libro “Al Borde del Caos”. Editorial El Perro y La Rana. (Uno de mis primeros cuentos.)

 

 

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