JUEGOS DE CAMA

“Un romance rebelde” óleo sobre lienzo / oil on canvas, 30″ x 30″, 2012 / Artista: Alexandra Manukyan / Imágen cortesía de elhurgador.blogspot.com

—Debes comenzar tú, Juan Carlos.

—Ah sí —carraspeó—, oye amor ¿cuándo llega tu esposo?

—Eso no importa bebé, tenemos todo el día.

Juan Carlos enmudeció por unos segundos, nunca había sido bueno para la actuación. Ella le dijo con gestos que no lo echara todo a perder.

—…Oh sí, pero, ¿cómo sabes que no vendrá?, ¿acaso te lo dijo?

Sofía explota en una risilla desbordante por el titubeo de Juan, su mala adhesión al papel.

—No, gafo, ese estúpido trabaja horas nocturnas. Quiere reunir suficiente para llevarme a la playa.

Juan la interrumpe incómodo: —¿Y tienes que decir cosas reales, Sofía?…eso de que trabajo de noche y…

—Papi, podemos usar todo lo que nos dé la gana, es un juego.

—Ah carajo, no importa entonces, sigue pues…

—Y cómo te iba diciendo cariño, el muy zonzo pagó la deuda del hotel.

—¿El hotel Emperador?

—Sí, ¿lo recuerdas?, nos dimos unas cogidas divinas ese fin… —Juan se encogió de hombros y le siguió el juego.

—Ah sí, cogimos rico… ¿Y cómo lograste convencer al pendejo ese de que pagara?

—Bueno, le dije sobre unas viejas amigas del colegio que organizaron un reencuentro esa noche, justo en el hotel. Ja ja ja…me creyó hasta la última frase. Incluso me llevó en su carro hasta la puerta del Emperador.

Juan soltó algo incómodo que se le atravesó repentinamente en la garganta: —¿Esa vaina es verdad Sofía?, ¿me fuiste infiel?, porque yo te llevé al hotel ese por el reencuentro con tus compañeras. Coño, no puedo creerlo, eres una descarada vale.

A Sofía le dio un ataque de tos extraño, y balbuceó algo con una voz quebradiza y nerviosa que Juan no comprendió. Luego rompió en carcajadas.

—Tú sí que eres gafito Juan, si sólo estamos jodiendo. Nuestro propósito es calentarnos y terminar en la cama, chico.

—Pero Sofff…

—No no, no quiero que me interrumpas más… —Sofía comenzó a sobarle el pene encima de la ropa—. Me vas a decir que esto no te gusta ah, reconócelo…

—En veinte años sigues poniéndomela du-ú-ra, sabes que sí… —entonces ella estiró la liga de su interior y la soltó. Sintió como si recibiera un azote en el miembro.

—¡Ay coño, Sofía, qué te pasa!

—¿Duele verdad?, por eso es que debemos reinventar nuestra sexualidad. Veinte años conformándonos a lo mismo Juan. Quiero que uses más tus manos, tu boca, seas más constante…

—La relación es más que sexo chica. Y yo te amo, ¿eso no cuenta acaso?

—Sí, pero la doctora Nancy sostiene que la pareja no es sólo amor. También hay que hacer cosas nuevas en el sexo. Simular roles. La rutina es una de las grandes causas de la separación en los matrimonios —Juan sonrió. Para él la doctora Nancy era una clase de ninfómana feminista.

—Te he dicho que no veas ese programa. Distorsionan las vainas. Además esa doctora lo que le gusta es una tiradera. Ay que si el chaca chaca en el desayuno, el chaca chaca en el almuerzo, el chaca chaca gourmet…

—Eres un vulgar, Juan Carlos. ¿No entiendes que debemos trabajar en nuestra sexualidad?

—Mira mami, por mi parte yo estoy bien con lo que me haces. Me gustas. Me enciendes. No sé qué es lo que te dio, de verdad.. ¿Será que no te gusta lo que te doy? ¿No te gusta lo que hago? —Ella lo miró fijamente por unos instantes sin decir nada, y entonces lo soltó:

-¿Y qué es lo que tú dices que me haces, Juan?

—Bueno yo… yo te agarro, te acaricio un poco y te doy unos besitos en el cuello, algunos masajitos en la espalda, vainas así…

Sofía movió la cabeza, negando.

—Es que ya ni sabes qué decir. Te has convertido en un técnico del sexo sin una pizca de creatividad. Tan elemental como una estrella porno. Y no voy a discutir más contigo, desde ahora si quieres chuchita tendrás que seguir mis reglas.

Sofía se puso unos chores cortísimos con una franela blanca que translucía unos pechos medianos y juveniles. Su abdomen plano, terso, y de una porosidad debido al frío del aire acondicionado, quedaba al descubierto. En el centro, la hendidura de un ombligo imperfecto pero atractivo. Era una mujer cuyo cuerpo se mantenía firme a pesar del paso de los años. Nunca aparentaba la edad y en plenos cuarenta y seis, parecía de treinta o treinta y dos años.

—No vas a salir así a la calle, Sofía, además son las diez de la noche.

Ella se calzó las cholas y le dijo que si quería chuchita tendría que jugar su juego. Juan le bloqueó el paso en la puerta.

—Déjame pasar gafo que no voy a salir del edificio.

—Te pueden ver los vecinos, coño. No me interesa lo que digas, no vas a salir y punto. —Ella lo besó con ese juego de lengua que lo embelesaba.

—Nadie me va a ver tontito, los vecinos casi ni salen y menos a esta hora. Es sólo un segundo, y prepárate para que me abras, y por favor sígueme el juego ¿sí? Si no, me acuesto y no cogemos…

Juan se quitó de la puerta y ella salió. Luego de unos segundos sonó el timbre. Juan abrió y Sofía se le guindó al cuello.

—¿Cuánto tiempo tenemos para que llegue tu esposa cariño? —Juan pensó. Coño la verdad que las mujeres son una locas—.

-¿No me recuerdas papi? Soy Glenda tu vecinita del 202. La que buceas por la ventana todas las noches.

Juan no podía creer la vaina. Cómo podría saberlo…,pero saber qué… que de verdad te buceas a la del 202 Juancito, no todo el tiempo, claro, algunas noches, cuando la desgraciada llega del trabajo y se quita la ropa frente a la ventana. A veces piensas que lo hace para enloquecerte, para maltratar tú débil voluntad. Aquellas tetas de encanto y esas nalgas paraditas, pellizcadas por unas pantaletas de encaje negro o blanco, que se pone a veces… Sofía lo besa con una lengua traviesa. Lo lleva hasta la sala y lo lanza al mueble.

—Mírame, cariño.

Juan está pensativo tratando de convencerse de que existen las casualidades. Ella se quita el shorts y distingue otra extraña casualidad, la pantaleta también es negra y de encajes.

—Carajo Sofía, nunca te había visto esa pantaleta negra… te queda muy bien.

—Yo no soy tu esposa cariño, recuerda que soy tu vecinita.

Juan comienza a meterse en la fantasía. Uf, esa Glenda sí que está buena… Pero la doble no está nada mal. Sofía gatea sobre la alfombra y se introduce como una pantera al cuarto sin dejar de mirarlo. Juan está duro como mármol. Pero algo no le encaja en la trama.

—Espera un momento Sofí, si tú eres la vecina y nunca has entrado al departamento, ¿cómo es que sabes dónde está el cuarto?

—Recuerda que soy Glenda papi y… ay no molestes chico, estoy muy excitada, cállate… —Sofía lo besa en los labios y desciende lentamente. Cuando llega al cuello lo succiona como si quisiera beberle la sangre.

—¡Ay!, duele vale. Mira, si quieres ser Glenda tienes que hacerlo más real. Esa vaina de que la vecina sepa donde está nuestro cuarto…

Sofía se detiene y lo mira con ojos asesinos.

—¡Imbécil!, Glenda también vive en el edificio y sabe que todos los apartamentos fueron construidos de la misma forma.

—Sí, pero la disposición de los espacios es una vaina distinta. Supongamos que ella nos visita, ¿cómo va a saber cuál de los tres cuartos es el nuestro?

—Cómo que viene a visitarte, Juan. Ay mijo, no sé qué mosca te picó, pero recuerda que esto es sólo un juego. Mucho cuidadito, porque tú no me has visto bien arrecha Juan Carlos Apolinar González.

Sin decir más palabras, Sofía se mete en la ducha y se viste con esos antiguos harapos que se ponía cuando trabajaba. Camisa manga larga con cuello, bléiser azul, falda del mismo color y tacones, muchísimo maquillaje y panqueque en el rostro, y ese pachuli repugnante que sólo a ella le gusta. Salió otra vez del departamento y Juan abrió.

—Señor Juan cómo está, ¿me recuerda?, soy la profesora Norma. Le doy inglés a su hijo Raimundo. Juan la mira y piensa. Qué vaina les dará a las mujeres después de los cuarenta. De verdad es como una enfermedad mental, algo que no han descubierto ni los médicos.

—Ah sí, es usted la señorita Norma, la recuerdo de aquella reunión de representantes…

—Está en lo correcto señor Juan.

—Pero no sé si pueda hablar con usted señorita, do not speak english.

—Ja ja ja… despreocúpese, que todo lo que le haré será en spanish. Pero es necesario que me diga algo, ¿no está su esposa verdad?

—No, no, claro que no… —Sofía se mueve justo como Norma, hasta sorprenden sus dotes de actriz. Entra viento a todos lados con ese aire de refinamiento y coquetería.

—Qué hermoso departamento tiene, lo felicito señor Juan.

—Está a su completa disposición, seño-rita.

—¿Puedo sentarme?

—Hágalo de la forma que quie-ra. —Sofía lanza una mirada pícara a Juan mientras se inclina acentuando lo más posible sus glúteos. Él le gustaría ser ese mueble, incluso imagina serlo. Su boca se hace agua. Su pulso simplemente se eleva. La profe, ya sentada, cruza las piernas y le dice que en realidad no ha venido para hablar de su hijo, sino de lo que siente por él.

—Cuando va al liceo siempre me mira, señor Juan, y aunque trate de disimularlo, no puede engañarme. No se ponga nervioso, me gusta que lo haga, me excita. Había pensado visitarlo desde la última vez que nos vimos en la reunión. —Juan no sabe dónde saca Sofía tanto parlamento. Es como si se hubiera aprendido un guión cinematográfico sólo para la ocasión. Movido por la trama de lo que parece ser una telenovela amateur, se sienta a su lado y la besa. La profesora se le monta encima y con una mano palpa su pantalón, justo en la cremallera, pero se decepciona. No siente nada que le indique que va por buen camino.

—¿Y ahora qué pasa, chico?

—No sé Sofía, no me parece bien que imites a la profesora de nuestro hijo. ¿No te preocupa que se afecte nuestra relación?

Sofía explota:

—¡Qué mierda es la que te pasa Juan! ¡Sólo es un juego!

—Está bien Sofí…no se diga más, pues…

—Parece que no quisieras estar conmigo. Me estoy esforzando pero tú sólo buscas pretextos.

Los ojos de Sofía se ponen rojos, húmedos, está a punto de llorar. Se quita la ropa, se va al baño. Se mete bajo la ducha. Pero de nuevo el agua no apaga el deseo de un orgasmo. Juan fuma sobre la cama y piensa en la verdadera razón de su disfunción. Una nueva coincidencia. Coño le atinó otra vez. Cómo pudo saber que me gusta esa profesora. Que cuando la veo todo se me endurece. La voz de Sofía, interrumpe sus meditaciones.

—Mira Juan, esta es tú última oportunidad…

Sale del baño con el pelo batido, se lo ha pintado de un castaño claro con tintes de efecto rápido. Lo único que lleva encima es un vestidito que llega al principio de los muslos. El rostro, muy bien pintado y todo ese aspecto de loquita divina que le hace recordar a Angie Cepeda en la película Pantaleón y las Visitadoras. Sus ojos le brillan. Su boca se abre en una morisqueta de hiena.

—¿Sabes quién soy verdad?

A Juan ya no le importa quién pretenda ser esa mujer. Quizás sea la misma Olga del films y él un jodido capitán del ejército peruano. Pero más allá de esa breve ilusión, lo único que quiere es estar allí. La única certeza que experimenta, es que no podría vivir sin ella.

 

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