CRÓNICA NEGRA

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Hoy martes nueve de junio, el señor Juan López salió de la estación del metro Plaza Sucre, y avanzó por la congestionada acera. Hubo un momento que la tupida franja de hormigas se detuvo inexplicablemente. Fue cuando vio a un grupo de adolescentes reunidos en un punto bloqueando una parte de la acera. A medida que iba pasando por una brecha alterna, se dio cuenta, que los buhoneros apostados a un lado de la vía, y los peatones que avanzaban delante de él, tenían caras estupefactas al mirar al grupo de jóvenes. Juan López contempló con horror, cómo despojaban de sus pertenencias a un hombre que se dirigía al metro en el otro sentido. En un momento la víctima quiso defenderse pero estaba completamente inmovilizada, y lo más que logró, fue impotencia, golpes y amenazas. Según los propios buhoneros, testigos presenciales de los crímenes que suelen darse por ese sector; se trata de varias bandas que operan entre las salida del metro Plaza Sucre y dos cuadras más allá, antes de llegar a la farmacia La Fe. Su modus operandi consiste en actuar sobre las víctimas a manera de guante inmovilizador, aprovechando siempre las horas pico, para mimetizarse con el gentío que llena la acera. Es por esto que siempre andan en grupos de cinco, entre quince y diecinueve años de edad, aproximadamente. Se presume que no usan armas de fuego, sólo cuchillos o navajas. Su poder consiste en la fuerza inmovilizadora que aplican a sus víctimas. El señor Juan López cuenta que agradeció a Dios no haber sido el desafortunado. Pero indignado por la terrible escena y la sensación de desprotección que resulta de todo, denunció el siniestro a una pareja de la PNB que estaba conversando plácidamente en la esquina de la farmacia antes mencionada. -¿Dónde los vió señor? – En la acera, después de la salida del metro…-¿Cómo eran? –Eran muchachos jóvenes, oficial. -¿Eran chamitos, algo debiluchos verdad? – No me dí cuenta de eso, pero desde aquí creo que pueden verse, ajá, mírenlos por allá… Los PNB iniciaron su descenso hacia donde estaba la banda. Por un momento, cuenta el señor López, que pudo sentir la justicia inundar su pecho. Y la esperanza convertirse en un hecho tangible. Aunque minutos después lamentó ver a los policías seguir de largo, al estar lo suficientemente cerca para atraparlos.

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