CRÓNICA NEGRA

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El lunes quince de Junio me enteré de una de las estafas más vergonzosas que ocurrieron en los últimos días. Es harto conocida la inmensa cola que se hace frente al PDVAL de la recta, en los Magallanes de Catia, para comprar los productos que no se consiguen en el resto de los establecimientos del país. Cuenta la señora Adelaida Bastardo que, al llegar a la cola, a eso de las tres de la madrugada del sábado trece de junio, se quedó sorprendida porque ya había aproximadamente cien personas en el lugar. Presumía que la mayoría estaba allí desde las nueve o diez de la noche del día anterior. Como siempre los estragos comenzaron a sentirse al amanecer, a partir de las siete de la mañana. El número de consumidores podría alcanzar con facilidad las doscientas personas.

No es fácil imaginar a doscientos seres tambaleándose entre el cansancio y un sueño contenido, con punciones lacerantes en la cabeza…

Las puertas del establecimiento tendrían que abrirse en tan sólo hora y media, pero no dejaba de ser un reto para las tristes víctimas del trasnocho. Fue en ese momento, cuenta la señora Adelaida, que un camión se detuvo abriendo sus poderosas compuertas. Adentro destellaron como si se tratara de un tesoro perdido, los productos más anhelados de la cesta alimentaria: Harina, azúcar, café, pasta, arroz, entre otras cosas. La muchedumbre se agolpó frente al vehículo y organizaron una nueva colaEl presunto dueño del transporte explicó que, para hacer las transacciones más rápidas, recogerían primero el dinero y luego cada uno recibiría su combo de productos. Cuando el ayudante terminó de cobrar, introduciendo el dinero dentro de una bolsa de pana, se montó de parrillero en una moto que pasó a alta velocidad por el lugar. La gente, al verlo desaparecer, le costó aceptar que había pasado algo turbio. Algo que apuntaba al hecho de que habían perdido su dinero. No obstante la presencia del camión le daba algo de holgura a la confianza. Tenemos la comida ¿no? Probablemente pensarían. Aún así, cuando todos por fin voltearon a detallar el vehículo, sus compuertas habían sido cerradas y el dueño pisaba el acelerador. Una estela de monóxido color asfalto flotó en el aire dejando un rastro inalcanzable. Adelaida relata que la gente le costó salir del asombro por unos minutos, ya que nadie esperaba que unos delincuentes pudieran burlarse de esta forma del hambre de un pueblo.

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