QUISIERA TENER ALAS

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Sus ojos filosos se incrustaron en los de Gloria y ella percibió ese dejo desagradable en el cuerpo que, al momento, no supo identificar como miedo. Le bloqueó el paso y abrió su boca en un intento de sonrisa que parecía más una mueca infame.  Apretó sus brazos y la empujó contra la pared. La fuerza del Jonathan le impedía correr y si gritaba el eco no llegaría a ninguna parte. Le tocó estar en la calle más solitaria de la ciudad. La olfateaba como perro en busca de huesos. “Umm, sabía qué una perra como tú tenía que oler rico.” Agarró su mandíbula y trató de darle un beso que ella esquivó. “Anda perra, dilo, dilo… dí que quieres ser mi costilla.” Estiró sus brazos apartándolo lo más posible. Quiso tener el valor para extirpar sus huevos de un rodillazo y correr. “Responde perra, dilo… dí que quieres ser mi costilla. No te resistas a mis encantos.” “¿Cuáles encantos anormal?, déjame, suéltame ahora mismo…” Jonathan lanzó una retorcida carcajada. “No me interesa lo que digas, y cuida’o vas con el chisme a la direc. Ahí sí que te cojo bien cogía”  Después de eso la soltó. Pero a Gloria no le importó la amenaza. Levantó un acta al día siguiente en Dirección. Una seria denuncia de acoso contra Jonathan. Los padres se presentaron ante el llamado de la directora. Gloria pensó que la justicia estaba de su lado y que el agresor tendría que pedir disculpas y dejarla por fin en paz. Pero la discusión tomó otro curso.

“Debería saber que la prioridad son los estudiantes. Se supone que la capacitaron para controlar estas situaciones. Me decepciona profesora, ahora firme el acta. Y ya saben, ninguno de los dos puede agredirse más.” Jonathan sonrió. Ella quería salir cuanto antes de allí. Se sentía lamiendo el suelo. Espérese Gloria… mire, no lleve esto ante el Consejo de Protección porque va a salir perdiendo, el muchacho dice que usted es la que lo acosa.” Afuera los padres le advirtieron que si seguía inventando cosas sobre su hijo llevarían el caso ante fiscalía. Escupieron su rostro y ella se limpió con los puños de la camisa, las lágrimas cayeron solas.

Jonathan la atrapó otra vez en la calle. “Sólo quiero que seas mi hembra, pero si me presionas voy a tener que lastimarte, mucho.” La tiene contra la pared de un callejón. “Anda perra, dilo… dí que quieres ser mi costilla.” Trata de besarla pero ella aprieta sus labios. Está decidida a no ceder ante el monstruo adolescente. Resiste lo más que puede sin hallar una sola idea que la salve. O un héroe que la defienda. En la vida real los héroes son como polvo y bruma. Ensueños de escritores a punto del suicidio. Cuando Jonathan la aprieta, Gloria mira a todos lados. Suplica que pase alguien en la distancia para gritar auxilio. Él exhala un aire piche por su boca y ella siente que se asfixia. Las manos se cuelan por debajo de la falda y le arranca todo. Hay un forcejeo pero el filo de la navaja hace que ceda. Baja la cremallera y fondea con fuerza y sin fluidos. Los cachetes se le mojan de lágrimas mientras sus ojos buscan algo que la trasponga de allí y es cuando lo ve… una muralla verde con cortinas de niebla, un camino que la sube hasta la cumbre… El Guaraira Repano le muestra el inconmensurable todo, y se arroja feliz como un ave, sin que le importe el dolor o la muerte. Una hora después un desconocido la ve sentada en el piso desvariando. La falda más abajo de las rodillas, sangre que sale de su entrepierna alimentando un charco. Revisa  sus cosas y ve una credencial. Rápido toma el teléfono y marca un número…

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