EL HONOR -Andrés Eloy Blanco

El concepto del honor es eterno. Tiene una consistencia de calidad eterna, que el espíritu reclama para perpetuarse y reproducirse, como la secuela del ser en la perennidad de la vida.

Por eso, los antiguos señores resumían el honor en sus emblemas; y para esos emblemas solicitaban nobles materiales de fuerza imperecedera. Por eso estampaban el signo del honor en sus armas y divisas; sobre el escudo martilleaban la enseña; sobre el peto de acero nielaban el blasón desplegado; en las altas sobrepuertas ponían a campear la piedra dura del secular tallado.

Pero los tiempos cambian; y si es muy cierto que el mundo cuenta con millares de seres para quienes el honor sigue pidiendo recia presentación, cierto es también que para muchos el material se ha hecho flexible. Y llega el caso de hacerse líquido el emblema, de modo que se acomode a la vasija de las circunstancias.

Oscar Wilde, en “El Abanico de Lady Windermere” nos relata el caso del egoísta disipado, que no vacila en arrastrar su honor por los salones, mientras reclama de su esposa una rígida observancia del respeto a su nombre. El italiano Giacosa en “El nome del marito” aborda un tema semejante; y en ambas obras resalta la nobleza de la clara mujer que replica:

—Soy mujer de honor, por mi honor, no por el tuyo.

Pero es en la política donde el material de construir honores encuentra más fluidez. Notables casos conocemos en que un hombre, después de haber conducido una vida de adulaciones y vilezas, una vida de reptil que rastrea en busca de la oportunidad, concluye por pegarle un balazo a un pobre tipo que le nombró su abuela; su hombría estaba reservada para probarse en la defensa de las delicadezas superficiales; su honor era, no el suyo, sino el honor de la abuelita, zambullido en la tumba y aflorado en el disparo.

—¡En nombre de mi dignidad profesional! —le gritaba a un señor, otro señor que en años anteriores ha vendido hasta la papeleta de empeño de su vergüenza.

En Bogotá, un notable hombre público, según acaba de contármelo Plinio Mendoza Neira, le decía al doctor Alfonso López:

—El Partido Liberal debe hacerme Senador. Yo soy el hombre que se necesita en el Senado.

—¿Por qué —le preguntó don Alfonso.

—Porque yo soy capaz de ir al Senado y calumniar a Laureano Gómez; mientras que Laureano Gómez no puede decir de mí nada que no sea verdad.

Si ese notable hombre público va al Senado, sería el honorable Senador.

Y ese cuento de Plinio hace buena pareja con una historia venezolana —en todas partes cuecen habas—. Por los años de 1920, invadió a Venezuela uno de esos caudillos que tenían a la invasión como un negocio. Recorrió algunas poblaciones y recogió todo el maíz que había por allí. Luego se retiró a Colombia, con un enorme cargamento de maíz. Llegó un año en que el grano escaseó y nuestro coronel empezó a vender el maíz a un precio exorbitante. Un amigo suyo, viejo compañero de campañas, fue a comprarle dos sacos y el Coronel le cobró mucho más de lo que el pobre hombre podía pagar.

—Mire, Coronel, démelo más barato, que estoy pobre.

—No puedo, mi amigo. Si te lo doy más barato, pierdo.

—Aquí entre nosotros, Coronel, démelo más barato, que yo sé que no pierde. Yo estuve con usted en la campañita y sé que ese maíz no le costó nada.

—¿Que no me costó nada? —profirió el Coronel con ofendida dignidad—. ¿Y mi honor?

El Nacional, 7 de setiembre de 1943

Cortesía del blog Luis Emilio Recabarren
http://www.luisemiliorecabarren.cl/
Anuncios

2 pensamientos en “EL HONOR -Andrés Eloy Blanco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s