MARCUCHO, EL MODELO

Leoncio Martínez

Cuadrado de espaldas, liso y apelmazado el cabello, que se partía en una raya recta, casi sobre la sien izquierda, teniendo en el color un vago reflejo ambarino del indio ancestral, Marcucho, el modelo de la Escuela de Pintura, a primera vista confundíase con un mandadero cualquiera, con un individuo sin relieve ni importancia, acostumbrado a cargar carretilla, o a encorvarse bajo la mole de los fardos.

Su estura baja, sus blusas de dril descoloridas entre los estrujones de la batea y la caliente opresión de la plancha, sus manos entretejidas de gruesas venas y siempre colgantes, congestionadas al peso de la sangre, no revelaban la menor particularidad que pudiera destacarlo junto a los demás hombres de su clase.

Pero, Marcucho era un elemento primordial de belleza para el grupo de aquella incipiente Academia. Cuando, despojado de la ropa, subíase a la tarima del modelo, asumía a los ojos de los estudiantes proporciones inconmensurables. Desnudo crecía. Adquiría una alteza espectacular de ilimitadas proporciones parapara los alumnos, que lo miraban, con los párpados entrejuntos, lamiendo con la vista los variables secretos de su armoniosa contextura. Al saltar a la tarima, en ágil pirueta que hacía sonar la tabla al golpe de los talones, y al erguirse en una pose preparatoria impensada, digiérase que con un impulso muscular se estiraba como si recóndito sentido de la plástica lo magnificara, lo elevase de su condición vulgar de hombre de pueblo a una simbólica serenidad de sacerdocio y de mando.

El cajón destartalado prestábale trono. Dominando su cabeza por sobre todos los que le rodeaban, cualquiera que entrase al salón en horas de estudio lo primero que vería al abrir la puerta era a Marcucho, imponente e inmóvil como un dios o pensativo y ceñudo como un personaje de tragedia griega o a veces en una contorsión resignada de mártir cristiano.

Los demás, en torno suyo, doblegados sobre los caballetes o sobre las tablas de dibujo, parecían venerarle sumidos en devoto silencio.

Al chichisbeo del carboncillo o los pinceles sobre el grano del papel y de la tela, buscaban fijar el contorno estatuario, apresar en líneas firmes la amplitud del tórax, abombado al ritmo de la respiración potente; el torso lleno y duro como una montaña; la red de sus músculos pujantes sin alardes, eslabonados en suaves declives, la cadera saliente y brava, las piernas sólidas…

O en afán ferviente perseguían —ya logrado el trazo— en la reciedumbre de la masa los secretos del claroscuro que torturan y enfebrecen al artista y que en el cuerpo moldeado de Marcucho ascendían hasta los tonos cálidos del cobre, envolviéndose en grises mortecinos, en dulces ocres, con reflejos azulosos y verdores inasibles, valores que mezclaban, se desvanecían, se profundizaban en la gama e iban a ahogarse en las frescas oquedades del rojo de Venecia y del sepia. La cabeza retostada, asoleada, se cortaba la base del cuello en una línea precisa como plumaje tornasol en el cuello de las palomas montañeras; luego los hombros, el pecho, el vientre, lividecían en tenues luminosidades que resbalaban a flor de piel, iban a dividirse en las piernas, como la orquesta de un río de aguas opalescentes bifurcadas por un islote fértil y sombrío, desvanescencias relamidas que se arremolinaban en el nudo rosáceo de las rodillas.

Abajo, más abajo, los calcañares donde engañosos bermellones fundidos entre sombras, con las vetas protuberantes de arterias y nervios, le daban la fortaleza y el apoyo de un zócalo rotundo. Y los pies, pesados como cimientos.

Para los presuntos artistas, el cuerpo de Marcucho era un universo de cotidianos hallazgos.

¿En qué pensaba Marcucho, mientras encaramado en la tarima aguantaba inconmovible las horas de pose de la Escuela? En ese largo ocio mental, donde las ideas se adormecen como bajo la influencia de un exceso de cigarrillos, ¿qué visiones, qué recuerdos, qué propósitos pasarían en lenta torna volta por la mente del modelo?

En los descansos, sentado al extremo del cajón, con las manos entrecruzadas sobre las rodillas, ¿era cansancio, resignación o menosprecio de toda voluntad lo que doblegaba su espalda y hundía su barba entre los pulgares, dilatando sus pupilas en abstracto espionaje del vacío?

Silencioso, aliviando su forzada inmovilidad en otra inmovilidad nueva, Marcucho parecía reflexionar o idiotizarse en la monotonía de su trabajo al igual que un burro de noria.

Pero no: Marcucho había nacido para aquello. Amaba instintivamente su oficio, se sentía partícipe de la obra de arte como el tipógrafo incluye algo de su ser en las ideas que compone. Amaba su tarima como aquel se apega al chibalete, como el marino al barco; y, como el marino, al erguirse en su cajón, pensárase de pie en una proa escrutando escrutando, fijo, lejanías de horizontes de donde hubieran de surgir fantasmagóricas corporaciones de antiguas leyendas.

Había nacido predestinado. La mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia antes de echarlo al mundo y ennobleció su barro tosco. Ya consustanciado con la belleza esencial, al hacer un movimiento elástico, al caer como involuntariamente en una actitud eurítmica, sonreía satisfecho y orgulloso si algún estudiante entusiasmado exclamaba:

— ¡Qué bien está así!… ¡Quédate así!

Y sonreía también, sin perder la posición, a las bromas habituales de los pintorcetes:

—Marcucho, no muevas la oreja izquierda.

—No engurruñes el dedo gordo, Marcucho.

—Caray, Marcucho sí que tiene la piedra del zamuro para las mujeres. ¡Dios como que le echó la bendición con la zurda!

Y reprimía la carcajada, moviendo sólo el vientre, cuando un dicharacho obsceno estremecía la parvada estudiantil alborotándola en cacareo de gallinero.

Cumplía su trabajo con severidad de ritual. En ocasiones iba de caballete en caballete observando las “academias”. Miraba los dibujos y luego se miraba sus propios brazos y sus piernas, en comparativo conocimiento de su cuerpo como si se lo supiera de memoria y lograra verse entero a sí mismo. Su espejo multifaz, durante años de años, lo tuvo en las tablas de dibujo y parecía exponer un gesto desaprobatorio cuando alguno lo reflejaba deforme o sin semejanza. Y, con humildad, preguntando: “¿lo necesita?”, solía pedir un estudio que le gustara entre las innumerables imágenes suyas que poblaban la Escuela, clavadas por aquí y por allá o tiradas por el suelo, para llevárselo a “su pieza” cuyas paredes era un museo unipersonal de sí mismo.

Ya para los últimos tiempos, Marcucho se entregó al alcohol. Bebía demasiado. Las facciones se le fueron abotagando, enflaqueció algo y los tonos rojos de su encarnadura se iban tornando más calientes. A veces, al tomar la posición lo sacudía un latigazo nervioso, pero, luego, en pie, apoyado en la vara, se mantenía rígido, sereno, delatándolo sólo un casi movimiento giratorio, como el de una peonza.

Por fin un día, después de tantos años de haber sido el modelo predilecto, el único, Marcucho faltó a las sesiones y al cabo de una semana llegó a la Escuela la noticia deplorable para todos: había muerto en el Hospital.

Pulpa de anonimia, corazón sin amores inmediatos, balsa a la deriva, su cuero sepulcral no dio con el puerto y encalló sin reclamo sobre la mesa del anfiteatro; él, que había servido para que lo estudiaran por fuera, se ofrecía íntegro en el momento de abandonar la vida para que lo estudiaran por dentro, como esos muñecos sin más voluntad que su destino, a los cuales los niños curiosos, hastiados de jugar con ellos, les sacan el aserrín.

Llegó el profesor seguido de los estudiantes a la clase de anatomía práctica. Rodearon el cadáver y comenzó la postrera lección de dibujo para Marcucho, que, inmóvil más que nunca, resistía la pose definitiva. Comenzó la lección y los bisturíes afilados como carboncillos iniciaron el trazado, ya no sobre el papel y el lienzo, sino sobre aquellos mismos músculos maliciosos, siguiendo la red de nervios, perforando la carne empalidecida, abriendo como las páginas de un libro secreto el pecho magnífico… En medio de su perorata didáctica y de sus minuciosas explicaciones, el profesor se empinó en un súbito ¡oh!… Y después de una pausa, alarga la exclamación acomodándose las gafas: — ¡Oh, que anatomía tan estupenda la de este hombre! ¡Vean ustedes qué admirable! ¡Debe tener un esqueleto precioso, precioso!

Los discípulos se inclinaron sobre el muerto siguiendo la lección del maestro, como sobre un mapa. El profesor se entusiasmaba con los músculos, las arterias, las vísceras. Lo iluminaba un gozo risueño y sapiente. E interrogó:

— ¿Este cadáver no tiene reclamantes?

—No tiene ni familia —respondió un estudiante burlón.

—Pues, vamos a aprovecharlo; en la sala de anatomía de la Universidad, prosiguió el maestro, nos hace falta un buen esqueleto: este es un bello esqueleto, ¡perfecto!

Era la consagración total de Marcucho. Los estudiantes se dieron de nuevo a la; desbarataban articulaciones, desprendían miembros completos, limpiaban huesos hasta dejarlos mondos, encumbraban montículos de carne sanguinolenta en sugestiones de matadero.

Ya de Marcucho no queda sino una masa fragmentaria. Pero, luego apartaron con cuidado su osamenta, la calavera de ojos estupefactos y sin luz los fémures gruesos como piernas de buey…

Y, más tarde, en procedimiento macabro que legaliza la augusta ciencia, lo cocinaron, lo hirvieron, pulieron sus huesos como valioso marfiles, armaron de nuevo el esqueleto, soldando y embisagrando las piezas y allí, en el anfiteatro de la Universidad, dentro de una larga caja, colgando por el centro del cráneo con un alambre de acero, está Marcucho, sin carne, sin nervios, sin vida, en su última pose, predestinado a servir hasta más allá de la muerte para el estudio de la belleza y del dolor, porque antes de echarlo al mundo la mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia y enalteció su barro tosco.

Leoncio Martínez
Importante humorista, periodista, poeta, publicista, dramaturgo y caricaturista del siglo XX venezolano. En 1912 fue uno de los principales promotores de la creación del Círculo de Bellas Artes. Fueron sus padres Juan Martínez Zozaya e Isabel Martínez. En su rol de periodista colaboró en la redacción de periódicos y revistas de Venezuela, tales como El Cojo Ilustrado (1908), La Voz del Pueblo, El Nuevo Diario (1913) La Linterna Mágica y Pitorreos (1918). Junto a Francisco Pimentel (Job Pim), fundó en 1923, el semanario Fantoches, del que fue director y principal colaborador hasta su muerte. Fuera de Venezuela, trabajó como ilustrador y redactor de la revista Carnaval de Puerto Rico, para lo cual fue contratado en 1911. Con el seudónimo “Leo”, redactó columnas de crítica literaria, taurina y de actualidad, en el semanario Fantoches, así como la permanente sección Leo y Comento, caracterizada por las apreciaciones jocosas de temas variados y también como tribuna para dirigir sus críticas al régimen gomecista.
Leoncio Martínez contribuyó al redimensionamiento de la publicidad de la primera mitad del siglo XX venezolano, al lograr mediante sus caricaturas una síntesis del mensaje con la caricaturista costumbrista, adaptando al tono de la época y del medio los productos nacionales e importados que se tenían para el momento. En este mismo campo, fue también el primero en hacer publicidad luminosa en algunas esquinas de Caracas, adaptando a una estantería de fondos con instalaciones de bombillos, telas transparentes dibujadas y coloreadas que cambiaba cada mes, logrando así el efecto de luz que se requería. Leo mostró su talento artístico en la realización de los decorados para numerosas obras de teatro, sainetes y zarzuelas de la época (entre los que se destaca en 1914 la escenografía para la zarzuela de un acto y 3 cuadros Alma Llanera, de Rafael Bolívar Coronado y Pedro Elías Gutiérrez). Asimismo, fue creador de revistas musicales como Sin Cabeza (1917), representada en su estreno por Rafael Guinand, El Rey del Cacao (1914) y Nenelisk (1917), y El Conflicto (1917), cuya autoría compartió con Francisco Pimentel y Armando Benítez. También por requerimientos de varias de sus obras, Leoncio Martínez compuso la letra de algunas canciones populares tales como Dama Antañona y La Musa del Joropo. Debido a sus opiniones políticas, Leo fue encarcelado varias veces durante los gobiernos de Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras. En 1932, Leoncio Martínez publicó una recopilación de sus cuentos bajo el título de Mis otros Fantoches. Sus poesías fueron editadas entre (1943-1944) y una selección de sus dibujos fueron reunidas por Aquiles Nazoa en 1959.

Relatos venezolanos del siglo XX / Venezuelatuya.com

 

 

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Un pensamiento en “MARCUCHO, EL MODELO

  1. Como puedo señalar el tiempo en que transcurre las acciones
    Necesito Respuestas Por Favor lo necesito gracias es para una tarea 🙂

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