FALSO LLAMADO

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Dedicado a mi cuñado Wladimir

En esos momentos previos al peligro, todo parece congelarse a medida que suben los latidos del corazón. No sabes qué pasará, pero en tu interior se inicia un evento telúrico insospechado. No esperas ser una estadística. Nadie quiere aparecer en la sección de sucesos al siguiente día. Pero el criminal que te marca desde la distancia tiene la ventaja de la sorpresa. Y las personas no generan acciones programadas cuando son cogidos sin aviso. Somos proclives a la parálisis cuando no tenemos una idea a prueba de fallas. Mi cuñado nos había visitado el pasado viernes para ver a los sobrinos. Partió feliz y sin saber lo que enfrentaría a sólo ciento cincuenta metros de mi casa. Nos enteramos al día siguiente cuando mi esposa recibió una llamada de la sobrina. “Tía… ¿sabías que ayer robaron a Lalo en el metro?”  Lamenté que su visita terminara tan mal. Es lo que no comprendemos de los noticieros oficiales. La omisión de lo que realmente pasa en nuestras calles. El no reconocimiento de un flagelo que manda a miles de venezolanos a la morgue. La sobrina detalló el modus operandi: “Es desde que uno entra al metro. Ellos llaman o tocan a la gente para que voltee, y cuando lo logran, lo amenazan con un cuchillo que tienen allí para que no se mueva o grite, es cuando roban todas sus cosas tía. Es terrible.”

Sin proponérmelo esa información se fijó en mi mente. Latía como una vena dentro del cerebro. Advirtiéndome en cada esquina, callejón, avenida, puente, camionetica… Por esa razón cuando me tocaron justo sobre el hombro para que volteara, estaba preparado. Podría haber sorprendido al desgraciado y arrojarlo escaleras abajo del metro, pero me mantuve circunspecto. No atendí al llamado, lógicamente. Avancé mientras el delincuente alzaba su voz:

“Hey, oye tipo, mira…se te cayó una vaina vale…panita no vas a voltear…”

Las voces se multiplicaron:

-“Mira niño, se te cayó algo, recógelo…

-Jepa jeñol, la altera se le cagó.

-Marica ese tipo se le cayó algo, dile…

– Papi te la van a robar…

–Oiga, sus pertenencias…

Admiré la constancia de los delincuentes. Con ese empeño podrían haber logrado cualquier cosa en la vida. Ese día no me robarían, seguro. Sólo hasta que pude sentarme dentro del vagón, descansé. Me extrañó que el tren no avanzara. Pensé en la posibilidad de que me hubieran seguido y me sentí otra vez nervioso. Creí que la tranquilidad de los seres humanos se accionaba escuchando el silbato de la puerta. La espera se prolongó por unos minutos, hasta que escuché mi nombre por los altavoces “Señor José Acosta, favor presentarse en la oficina del operador…señor José Acosta, favor presentarse en la oficina del operador…” Me hice el loco y esperé que las puertas del tren cerraran. Las estaciones se sucedían y mi tensión se estabilizaba. Admiré otra vez la actuación de los criminales. La forma tan articulada y tenaz. La osadía de involucrar a los propios funcionarios del metro en el asunto. Salí de la estación Colegio de Ingenieros y por un hábito rutinario revisé mis bolsillos. Consideré todo en orden hasta pasar unas cuatro cuadras. Fue una completa decepción al precisar mi cartera para pagar algo.

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