LA MALA INSTRUCCIÓN

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“Hijo mío, si los pecadores te quisieran persuadir, no lo consientas.
Si te dicen: Ven con nosotros;
estemos al acecho para derramar sangre
y embosquemos sin motivo a los inocentes;
los tragaremos vivos, como el Seol,
enteros, como los que descienden a la fosa;
hallaremos riquezas de toda clase;
llenaremos nuestras casas de ganancias;
echa tu suerte con nosotros;
tengamos todos una sola bolsa . . .”
Hijo mío, no andes en el camino de ellos;
aparta tu pie de sus senderos,
porque sus pies corren al mal
y se apresuran a derramar sangre. 
Los tesoros de maldad no serán de provecho;
Mas la justicia libra de muerte.”
Proverbios de Salomón

“RCR NOTICIAS, PORQUE LO BUENO UNE: Señores, a continuación el resumen de noticias de las últimas horas: Los índices de criminalidad han aumentado según datos del Instituto Nacional de Estadísticas. 70 homicidios por cada 1000 habitantes, repuntan los fines de semanas. Distintos sectores de la sociedad hacen protestas porque la delincuencia mancha de luto a la familia venezolana. Algunos funcionarios aseguran que la delincuencia es uno de los males que heredamos de la 4ta República, mientras otros, denuncian la pasividad que en esta materia ha tenido el gobierno en los últimos catorce años. En materia económica…”  -Ay manita apaga eso que me aturde. Todo es negativo, la verdad, cómo se puede vivir en esa zozobra. –A mí me gusta Imandra, se escuchan unas vainas… La peluquera apaga el secador, y con el cepillo en la mano, camina hasta el aparato moviendo el dial hacia la derecha. –Ay sí, me encanta esa, ¿cómo es que se llama? –Circuito Éxitos, creo. Sobre la silla Imandra mueve los hombros como si bailara y explaya una sonrisa frente al espejo. Está feliz porque su hijo le compró una quinta en la Trinidad. Nunca se imaginó que algún día saldría de la Morán, y mucho menos por obra y gracia de Atencio, que ni estudió ni le gusta trabajar. Pero así son las cosas de la vida, de pronto le llegó un día con unas llaves y la sacó del rancho. Fue como si se hubiesen ganado la lotería y el billete les hubiera caído de sopetón: Casa, carro, y todo lo que pidiera por esa boca. – ¿Y cómo está tu hijo?, ¿sigue dándote dolores de cabeza? –Ay no chica, mi gordo se afirmó. Consiguió un trabajo no sé dónde y me tiene como una reina. Si lo vieras cómo se viste ahora, todo de marca. Hasta me sacó del rancho, ya no vivo en la Morán, ¿sabes?, para darte un dato de cómo se las juega ahora mi gordito. –Ajá, y se puede saber a dónde te mudaste vieja pichirre. Imandra lanza una carcajada y le dice la dirección exacta en la Trinidad. –Quiero que vayas este fin y me hagas las mechas, porfa. La peluquera detuvo el cepillo arriba, por unos segundos, estirando una cabellera de casi metro y medio de largo. Por un momento abrigó esperanzas de una visita de ocio, sin tener que llevarse el bolso ese, tan pesado e incómodo. -Si tienes secador y cepillo no te cobro, mana, en verdad no quería trabajar este fin, pero por ser tú, haré una excepción…

Imandra tenía de todo. Atencio equipó su casa con tecnología de punta: TV Táctil, nevera inteligente, microondas, una colección de ayudantes de cocina, mini-componente que se prende con sólo escuchar la voz, aire acondicionado 60.000btu, muebles, tapetes persas…, y todo lo que la imaginación de una humilde peluquera pueda concebir. –Siéntate chica, pareces una gafa parada allí. La peluquera estaba hechizada con tanto lujo. También sorprendida del giro que había tomado la vida de su amiga, tan pobrecita que era. Recordaba que siempre le quedaba debiendo los peinados, y a veces, simplemente, se los dispensaba. A Imandra le gustaba ir a su casa en el Cuartel, porque a su concepto era la casa más bella que había visto en su vida. Ahora las cosas se habían revertido. Ahora era ella la que pensaba, francamente, que la casa de Imandra era la más bella que había visto. También el concepto que tenía de Atencio había cambiado, que lo conocía a través de los relatos de Imandra. –¿Esa es la foto de Atencio? –Sí, verdad que es bello mi gordo. No entiendo por qué Yayita lo dejó. Si él se desvivía por ella. Un día le prometió matrimonio pero ella se empeñaba en ponerle trabas al asunto. Que disque era mejor que se conocieran bien. Que además, tenía que comprobar unos rumores que corrían por allí sobre él. Dime tú, pararle a lo que dice la gente. Chica, es que lo puedo jurar con este puño de cruces, mi hijo no es ningún malandro, él lo que hace es aprovechar las oportunidades que le brinda la vida. La peluquera le ha colocado un gorro de goma a Imandra. Es un gorro con orificios, para seleccionar los mechones sin tocar el resto del cabello. A través de la goma saca los mechones, los decolora, y los pinta de una vez con un Koleston especial. Tras esperar media hora, retira el gorro, lava y seca el cabello. Las mechas color champagne acentúan los rasgos de Imandra. Sus pómulos emergen, la nariz se ve un poco más respingada, y los ojos más grandes. La peluquera mira su trabajo satisfecha, y se lo muestra a Imandra. –Uy, cómo cambian esas mechas, mana. La verdad es que me hacía falta, porque a veces mi cabello se pone como una tomuza. Una vez, sin mentirte, se quedó mi plancha atascada allí. – ¿Pero la plancha no es muy grande?, Imandra, digo, para quedar tan atrapadita en tu cabello, je je. –Es mi plancha gafa, éstos… (se saca los postizos dentales de la boca y los vuelve a introducir). –Ah, creí que era la de planchar. La peluquera se queda mirando la foto de Atencio. La verdad es que no es feo, piensa. Bien vestido y con una corbata, puede pasar por licenciado o un empresario de esos poderosos. Aunque en realidad ella nunca se ha impuesto esas metas. Siendo honesta consigo misma, tiene tiempo que no sabe lo que es un hombre. Y Atencio es soltero. Quizás su amiga Imandra consienta la relación de una humilde peluquera con su gordito. Imandra capta los chispazos que salen de la pupila de su amiga sobre la foto y sonríe. Tal vez ella sea la última oportunidad de Atencio para casarse, para que le dé un nietecito. ¿Será algo tan difícil tener un nieto? En realidad, desde que Atencio le trae tanto dinero y tantas cosas, siente que algo le puede suceder en cualquier momento. Por eso es que quiere un nietecito, para no quedarse sola. –Chica te voy a preguntar algo, pero quiero que seas sincera… ¿te gusta Atencio? La peluquera se queda muda por unos segundos y luego afirma con la cabeza. –Pero no quiero que le digas nada, Imandra. Deja que las cosas surjan por sí solas. –Tranquila, déjamelo a mí chica, mi gordo caerá rendido a tus pies. En ese momento el cerrojo suena y la puerta principal se abre. Atencio aparece con el rostro blanco de miedo, un sudor frío lo recorre de pies a cabeza. Lanza con esfuerzo un bolso que, al caer, se abre lleno de billetes. Su franela está roja de sangre, porque le han dado tiro abajo del pectoral izquierdo. Casi se cae, pero su madre y la peluquera lo sostienen rápido, lo llevan al mueble. Imandra sale histérica a buscar el maletín de primeros auxilios, mientras su amiga trata de evitar que la sangre siga saliendo, presionando con un trapo. Fue justo en ese instante cuando ella se presentó. Le dijo que además de peluquera, también era amiga de su madre, y que la podía llamar Lourdes.

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