LOS MILAGROS PUEDEN OCURRIR SI LO QUEREMOS

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 A mí amada Maixel

Cuando lo ví estaba a punto de lanzarse. Los faros del tren iluminaron los fierros de las vías, el túnel, las partículas de polvo que flotaban en el aire como un cosmos diminuto o como un más allá que le prometía el sosiego de su dolor. Dio unos pasos, se persignó y asentó su gorra mientras daba el último vistazo a ese mundo que nunca logró entender. Sé que muy dentro rogaba ser salvado de su propia decisión de morir. Lo sé porque yo misma lo sentí cuando intenté lanzarme horas antes. Ayer por la tarde recibí el cuerpo de mi hijo y no paré de llorar. Alguien le dio catorce tiros porque dudó unos segundos en darle su celular nuevecito, acabado de comprar. Cómo lamento no haber estado allí…Cómo lo lamento mi niño.  Si hubiera sabido que tu primer sueldo como técnico lo ibas a gastar en un maldito celular, te lo hubiera arrebatado de las manos. Nadie evitó tu desgracia. Mi desgracia. Ni policías, ni guardias, ni agentes del metro, ni metiches, ni nadie. De la comandancia de policía me llamaron a reclamar tu cuerpo. Estabas en esa fría morgue de Bello Monte, como otros miles que matan los fines de semana. Te identifiqué y firmé el papel: – Sí, es mi muchacho, el que parí hacen dieciocho años en el Clínico Universitario. El que me dejó Sergio, su padre, antes de irse con otra, también preñada como yo. Fue allí que me vine en llanto, en mocos y en todos los fluidos que podía contener. Ellos dijeron que me darían tu cuerpo cuando estuviera en condiciones, y casi agradecida, salí sin decir nada. Llegué justo aquí  para dar el salto de la muerte. Tenía en mi mente tu viva imagen. Cuando te llevé a la escuela por primera vez, cuando te ponía tú ropita, tus zapatos, cuando te convencía para que comieras y te emocionabas porque íbamos a salir, o cuando me preguntabas por tu padre y te ponías a llorar sobre mis piernas. Cuando notaba en silencio que crecías y me daba ese sentimiento, de que llegaría el día en que me dejarías para formar un hogar. Cuando revelabas tus planes futuros de que serías ingeniero. Pero ahora, mi niño, ahora mi hijito, ahora no podrá ser. Ahora no podré verte nunca, y mucho menos feliz.

El metro estaba atiborrado. Eran esas horas en que la gente sale de sus trabajos y luchan para salir o entrar de los vagones. Simplemente no podía llegar al borde para poner fin a mi dolor. Me senté en el piso a esperar que bajara el gentío y recordé: “-¿Mami, mamita, quieres saber cómo podría sufrir yo? – ¿Cómo hijo, cómo podrías, para evitártelo siempre? –Bueno, si murieras mami, o si nunca regresaras a casa.” Eso me infundió fuerzas para vivir, comencé a subir las escaleras, pero escuché los gritos de la gente. Y luego veo a ese pobre muchacho a punto de lanzarse, es como si fuera mi hijo, pidiendo que lo salven. Me abrí paso entre los mirones y lo sujeté antes de que se lanzara. Nadie me ayudó a pesar de que estaba a punto de colapsar y de tumbarse al piso. Sólo miraban o grababan videos con sus teléfonos para compartirlos en las redes. Ni siquiera un funcionario del Metro salió a ofrecer sus servicios. Pero a pesar de su peso logré ponerlo lejos del borde. Lo senté en las escaleras. Insistía en arrojarse al tren porque su vida ya no tenía sentido: “-Ayer unos bichos del barrio mataron a mi vieja. Le dieron un golpe en la cabeza con la pistola y dejó este mundo.” Lo abracé como un hijo. En ese instante, el espacio del andén fue ocupado por el tan esperado tren. Los mirones partieron y todo se llenó de gente nueva. Gente que no supo el milagro que ocurrió. El joven caminó conmigo a la superficie. Su semblante cambió aunque no su tristeza. Me conformé al menos de evitarle esa muerte que no merecía y eso produjo en mí una rara plenitud. Antes de cruzar la avenida me abrazó. Lo vi alejarse como al que se le da una segunda oportunidad. Pero nadie sabe el destino de una vida. Y nuestros pensamientos a veces son como chicles que suelen perder el dulce luego de un tiempo. Voy a serles franca, no puedo asegurar de que se quedó quieto con la idea del suicidio. Quizás lo volvió a intentar al siguiente día. No sé, tal vez es cuestión de que el vacío se apodere de tí y no lo puedas llenar.

Axel Blanco Castillo
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