LOS MILAGROS PUEDEN OCURRIR SI LO QUEREMOS

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 A mí amada Maixel

Cuando lo ví estaba a punto de lanzarse. Los faros del tren iluminaron los fierros de las vías, el túnel, las partículas de polvo que flotaban en el aire como un cosmos diminuto o como un más allá que le prometía el sosiego de su dolor. Dio unos pasos, se persignó y asentó su gorra mientras daba el último vistazo a ese mundo que nunca logró entender. Sé que muy dentro rogaba ser salvado de su propia decisión de morir. Lo sé porque yo misma lo sentí cuando intenté lanzarme horas antes. Ayer por la tarde recibí el cuerpo de mi hijo y no paré de llorar. Alguien le dio catorce tiros porque dudó unos segundos en darle su celular nuevecito, acabado de comprar. Cómo lamento no haber estado allí…Cómo lo lamento mi niño.  Si hubiera sabido que tu primer sueldo como técnico lo ibas a gastar en un maldito celular, te lo hubiera arrebatado de las manos. Nadie evitó tu desgracia. Mi desgracia. Ni policías, ni guardias, ni agentes del metro, ni metiches, ni nadie. De la comandancia de policía me llamaron a reclamar tu cuerpo. Estabas en esa fría morgue de Bello Monte, como otros miles que matan los fines de semana. Te identifiqué y firmé el papel: – Sí, es mi muchacho, el que parí hacen dieciocho años en el Clínico Universitario. El que me dejó Sergio, su padre, antes de irse con otra, también preñada como yo. Fue allí que me vine en llanto, en mocos y en todos los fluidos que podía contener. Ellos dijeron que me darían tu cuerpo cuando estuviera en condiciones, y casi agradecida, salí sin decir nada. Llegué justo aquí  para dar el salto de la muerte. Tenía en mi mente tu viva imagen. Cuando te llevé a la escuela por primera vez, cuando te ponía tú ropita, tus zapatos, cuando te convencía para que comieras y te emocionabas porque íbamos a salir, o cuando me preguntabas por tu padre y te ponías a llorar sobre mis piernas. Cuando notaba en silencio que crecías y me daba ese sentimiento, de que llegaría el día en que me dejarías para formar un hogar. Cuando revelabas tus planes futuros de que serías ingeniero. Pero ahora, mi niño, ahora mi hijito, ahora no podrá ser. Ahora no podré verte nunca, y mucho menos feliz.

El metro estaba atiborrado. Eran esas horas en que la gente sale de sus trabajos y luchan para salir o entrar de los vagones. Simplemente no podía llegar al borde para poner fin a mi dolor. Me senté en el piso a esperar que bajara el gentío y recordé: “-¿Mami, mamita, quieres saber cómo podría sufrir yo? – ¿Cómo hijo, cómo podrías, para evitártelo siempre? –Bueno, si murieras mami, o si nunca regresaras a casa.” Eso me infundió fuerzas para vivir, comencé a subir las escaleras, pero escuché los gritos de la gente. Y luego veo a ese pobre muchacho a punto de lanzarse, es como si fuera mi hijo, pidiendo que lo salven. Me abrí paso entre los mirones y lo sujeté antes de que se lanzara. Nadie me ayudó a pesar de que estaba a punto de colapsar y de tumbarse al piso. Sólo miraban o grababan videos con sus teléfonos para compartirlos en las redes. Ni siquiera un funcionario del Metro salió a ofrecer sus servicios. Pero a pesar de su peso logré ponerlo lejos del borde. Lo senté en las escaleras. Insistía en arrojarse al tren porque su vida ya no tenía sentido: “-Ayer unos bichos del barrio mataron a mi vieja. Le dieron un golpe en la cabeza con la pistola y dejó este mundo.” Lo abracé como un hijo. En ese instante, el espacio del andén fue ocupado por el tan esperado tren. Los mirones partieron y todo se llenó de gente nueva. Gente que no supo el milagro que ocurrió. El joven caminó conmigo a la superficie. Su semblante cambió aunque no su tristeza. Me conformé al menos de evitarle esa muerte que no merecía y eso produjo en mí una rara plenitud. Antes de cruzar la avenida me abrazó. Lo vi alejarse como al que se le da una segunda oportunidad. Pero nadie sabe el destino de una vida. Y nuestros pensamientos a veces son como chicles que suelen perder el dulce luego de un tiempo. Voy a serles franca, no puedo asegurar de que se quedó quieto con la idea del suicidio. Quizás lo volvió a intentar al siguiente día. No sé, tal vez es cuestión de que el vacío se apodere de tí y no lo puedas llenar.

Axel Blanco Castillo

LA MALA INSTRUCCIÓN

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“Hijo mío, si los pecadores te quisieran persuadir, no lo consientas.
Si te dicen: Ven con nosotros;
estemos al acecho para derramar sangre
y embosquemos sin motivo a los inocentes;
los tragaremos vivos, como el Seol,
enteros, como los que descienden a la fosa;
hallaremos riquezas de toda clase;
llenaremos nuestras casas de ganancias;
echa tu suerte con nosotros;
tengamos todos una sola bolsa . . .”
Hijo mío, no andes en el camino de ellos;
aparta tu pie de sus senderos,
porque sus pies corren al mal
y se apresuran a derramar sangre. 
Los tesoros de maldad no serán de provecho;
Mas la justicia libra de muerte.”
Proverbios de Salomón

“RCR NOTICIAS, PORQUE LO BUENO UNE: Señores, a continuación el resumen de noticias de las últimas horas: Los índices de criminalidad han aumentado según datos del Instituto Nacional de Estadísticas. 70 homicidios por cada 1000 habitantes, repuntan los fines de semanas. Distintos sectores de la sociedad hacen protestas porque la delincuencia mancha de luto a la familia venezolana. Algunos funcionarios aseguran que la delincuencia es uno de los males que heredamos de la 4ta República, mientras otros, denuncian la pasividad que en esta materia ha tenido el gobierno en los últimos catorce años. En materia económica…”  -Ay manita apaga eso que me aturde. Todo es negativo, la verdad, cómo se puede vivir en esa zozobra. –A mí me gusta Imandra, se escuchan unas vainas… La peluquera apaga el secador, y con el cepillo en la mano, camina hasta el aparato moviendo el dial hacia la derecha. –Ay sí, me encanta esa, ¿cómo es que se llama? –Circuito Éxitos, creo. Sobre la silla Imandra mueve los hombros como si bailara y explaya una sonrisa frente al espejo. Está feliz porque su hijo le compró una quinta en la Trinidad. Nunca se imaginó que algún día saldría de la Morán, y mucho menos por obra y gracia de Atencio, que ni estudió ni le gusta trabajar. Pero así son las cosas de la vida, de pronto le llegó un día con unas llaves y la sacó del rancho. Fue como si se hubiesen ganado la lotería y el billete les hubiera caído de sopetón: Casa, carro, y todo lo que pidiera por esa boca. – ¿Y cómo está tu hijo?, ¿sigue dándote dolores de cabeza? –Ay no chica, mi gordo se afirmó. Consiguió un trabajo no sé dónde y me tiene como una reina. Si lo vieras cómo se viste ahora, todo de marca. Hasta me sacó del rancho, ya no vivo en la Morán, ¿sabes?, para darte un dato de cómo se las juega ahora mi gordito. –Ajá, y se puede saber a dónde te mudaste vieja pichirre. Imandra lanza una carcajada y le dice la dirección exacta en la Trinidad. –Quiero que vayas este fin y me hagas las mechas, porfa. La peluquera detuvo el cepillo arriba, por unos segundos, estirando una cabellera de casi metro y medio de largo. Por un momento abrigó esperanzas de una visita de ocio, sin tener que llevarse el bolso ese, tan pesado e incómodo. -Si tienes secador y cepillo no te cobro, mana, en verdad no quería trabajar este fin, pero por ser tú, haré una excepción…

Imandra tenía de todo. Atencio equipó su casa con tecnología de punta: TV Táctil, nevera inteligente, microondas, una colección de ayudantes de cocina, mini-componente que se prende con sólo escuchar la voz, aire acondicionado 60.000btu, muebles, tapetes persas…, y todo lo que la imaginación de una humilde peluquera pueda concebir. –Siéntate chica, pareces una gafa parada allí. La peluquera estaba hechizada con tanto lujo. También sorprendida del giro que había tomado la vida de su amiga, tan pobrecita que era. Recordaba que siempre le quedaba debiendo los peinados, y a veces, simplemente, se los dispensaba. A Imandra le gustaba ir a su casa en el Cuartel, porque a su concepto era la casa más bella que había visto en su vida. Ahora las cosas se habían revertido. Ahora era ella la que pensaba, francamente, que la casa de Imandra era la más bella que había visto. También el concepto que tenía de Atencio había cambiado, que lo conocía a través de los relatos de Imandra. –¿Esa es la foto de Atencio? –Sí, verdad que es bello mi gordo. No entiendo por qué Yayita lo dejó. Si él se desvivía por ella. Un día le prometió matrimonio pero ella se empeñaba en ponerle trabas al asunto. Que disque era mejor que se conocieran bien. Que además, tenía que comprobar unos rumores que corrían por allí sobre él. Dime tú, pararle a lo que dice la gente. Chica, es que lo puedo jurar con este puño de cruces, mi hijo no es ningún malandro, él lo que hace es aprovechar las oportunidades que le brinda la vida. La peluquera le ha colocado un gorro de goma a Imandra. Es un gorro con orificios, para seleccionar los mechones sin tocar el resto del cabello. A través de la goma saca los mechones, los decolora, y los pinta de una vez con un Koleston especial. Tras esperar media hora, retira el gorro, lava y seca el cabello. Las mechas color champagne acentúan los rasgos de Imandra. Sus pómulos emergen, la nariz se ve un poco más respingada, y los ojos más grandes. La peluquera mira su trabajo satisfecha, y se lo muestra a Imandra. –Uy, cómo cambian esas mechas, mana. La verdad es que me hacía falta, porque a veces mi cabello se pone como una tomuza. Una vez, sin mentirte, se quedó mi plancha atascada allí. – ¿Pero la plancha no es muy grande?, Imandra, digo, para quedar tan atrapadita en tu cabello, je je. –Es mi plancha gafa, éstos… (se saca los postizos dentales de la boca y los vuelve a introducir). –Ah, creí que era la de planchar. La peluquera se queda mirando la foto de Atencio. La verdad es que no es feo, piensa. Bien vestido y con una corbata, puede pasar por licenciado o un empresario de esos poderosos. Aunque en realidad ella nunca se ha impuesto esas metas. Siendo honesta consigo misma, tiene tiempo que no sabe lo que es un hombre. Y Atencio es soltero. Quizás su amiga Imandra consienta la relación de una humilde peluquera con su gordito. Imandra capta los chispazos que salen de la pupila de su amiga sobre la foto y sonríe. Tal vez ella sea la última oportunidad de Atencio para casarse, para que le dé un nietecito. ¿Será algo tan difícil tener un nieto? En realidad, desde que Atencio le trae tanto dinero y tantas cosas, siente que algo le puede suceder en cualquier momento. Por eso es que quiere un nietecito, para no quedarse sola. –Chica te voy a preguntar algo, pero quiero que seas sincera… ¿te gusta Atencio? La peluquera se queda muda por unos segundos y luego afirma con la cabeza. –Pero no quiero que le digas nada, Imandra. Deja que las cosas surjan por sí solas. –Tranquila, déjamelo a mí chica, mi gordo caerá rendido a tus pies. En ese momento el cerrojo suena y la puerta principal se abre. Atencio aparece con el rostro blanco de miedo, un sudor frío lo recorre de pies a cabeza. Lanza con esfuerzo un bolso que, al caer, se abre lleno de billetes. Su franela está roja de sangre, porque le han dado tiro abajo del pectoral izquierdo. Casi se cae, pero su madre y la peluquera lo sostienen rápido, lo llevan al mueble. Imandra sale histérica a buscar el maletín de primeros auxilios, mientras su amiga trata de evitar que la sangre siga saliendo, presionando con un trapo. Fue justo en ese instante cuando ella se presentó. Le dijo que además de peluquera, también era amiga de su madre, y que la podía llamar Lourdes.

PARTÍCULAS MARAVILLOSAS

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Soy un guiñapo pateando el borde filoso de la estación, burlando la muerte. Estúpida mente que alucina con los rieles. Estúpidos dulces venenosos que nunca debí tragar. Abajo crece el mar metálico y dos soles se ponen en el horizonte. Es como estar en otro planeta. Ejecuto mi mejor clavado… El que siempre quise hacer y nunca hice… Soy Riddick. Soy el capitán del Enterprise en un agujero psicodélico. Soy millones de chispas que flotan y traspasan el techo a una velocidad de no retorno. Ya no me importa quien fui, lo he olvidado. Si me preguntas por mi destino, que si tengo certeza de lo que me espera, es sencillo, no lo pienso. Tampoco creo tener siquiera una sutil idea del dolor que sentiré. Lo que sé, es que mi pecho se convulsiona por algo más que dolor, como si mi corazón fuera derretido por llamas… Sí, es por tí Milena…porque me dejaste. Porque me abandonaste en este cosmos incomprensible. Porque no dejaste una maldita pista de tú paradero. No tuviste misericordia de este patán. El que te daba lo que querías, tú paliza, tú noche de fiesta, tú doble dosis de peligro. Es lo que me decías siempre, aunque sabías que era tú perdición. Claro, nuestra perdición… Caigo, y es como si te escuchara hablar. Dónde estás Milena, dónde te fuistes. Espero que no te arrojes como yo al maldito tren.
Mi acción inesperada, como es obvio,  genera pánico. Muchos abren sus bocas y gritan como si eso pudiera salvarme. Algunas madres tapan los ojos de sus chicos. Pero  la mayoría se aglutina al borde para precisar detalles. Aunque otros sólo explotan de risa, sin poder explicar que son los nervios, pero no importa, yo lo sé, y los perdono. Perdono a todos los que quisieron ayudarme o los que no. Perdono a los que criticaron mi vida. Esta cinta difusa que se reproduce sin que pueda evitarlo.Todo este tiempo para pensar, lo siento raro. Parece que caigo sin caer, sin que pase lo que tiene que pasar. El que conduce el tren sonríe mientras lee algo en su celular. Por fin mi cuerpo se adecúa en el aire para la colisión. Las ruedas contra los rieles emiten chispas que terminan por llenarlo todo. Es cuando noto a Milena. Su cabello azul me ayudó ubicarla. Al parecer no me dí cuenta de sus gritos chillones. De mi nombre cantado en sus labios con ese toque aniñado. Viniste hermosura, viniste, y no me dejaste, y eso quiere decir que me perdonas… ¿verdad?…
Qué ironía amor, que ironía…
Ahora que me convierto en millones de partículas…
Recuerdo que una vez rabiosa me dijiste…
Que querías verme morir.

FELIZ AÑO NUEVO SIN TÍ

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Pintura de Eduardo Urculo

 

Fue un treinta y uno de diciembre, se quedó dormido en su soledad y le dio el feliz año en un sueño. Ella lo abrazó y le dijo que regresaría el tres de enero, como todos los años.

Se apartó de todo lo que le recordaba su ausencia. Se alejó de la tele, la radio, y apagó el inalámbrico. A la hora del cañonazo escuchó el bullicio. Los vecinos tocaron la puerta, pero no les abrió. En medio de la soledad se asomó por la ventana y pensó en ella. Feliz año mi amor, dijo en su mente.

Ni esa noche ni la siguiente ni la otra, pudo dormir. Sabía que regresaría el tres de enero, como todos los años. Él comprendía la situación, ella quería pasarla con sus padres. Y cómo no, sus suegros bellas personas, no podía negarle el derecho, como nunca desde que se casaron, lo hizo.

Siempre se quedó sólo en Navidad o Año Nuevo sin acostumbrarse. Y quién podría. La cama se siente tan fría sin ella. Es la nada del vacío que deja todos los años de su lado. Otra vez te vas y me dejas. Otra vez yo acariciando tu fantasma como un desquiciado. Los niños me ven y se ríen, no saben que el amor enloquece. Disimulo un poco como si orara y me acuesto cubriéndome con la cobija de nuestros amores. Por favor sueño, vence a la soledad y deja que duerma. No quiero que me sorprenda el alba con la mente despierta.

Axel Blanco Castillo

FALSO LLAMADO

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Dedicado a mi cuñado Wladimir

En esos momentos previos al peligro, todo parece congelarse a medida que suben los latidos del corazón. No sabes qué pasará, pero en tu interior se inicia un evento telúrico insospechado. No esperas ser una estadística. Nadie quiere aparecer en la sección de sucesos al siguiente día. Pero el criminal que te marca desde la distancia tiene la ventaja de la sorpresa. Y las personas no generan acciones programadas cuando son cogidos sin aviso. Somos proclives a la parálisis cuando no tenemos una idea a prueba de fallas. Mi cuñado nos había visitado el pasado viernes para ver a los sobrinos. Partió feliz y sin saber lo que enfrentaría a sólo ciento cincuenta metros de mi casa. Nos enteramos al día siguiente cuando mi esposa recibió una llamada de la sobrina. “Tía… ¿sabías que ayer robaron a Lalo en el metro?”  Lamenté que su visita terminara tan mal. Es lo que no comprendemos de los noticieros oficiales. La omisión de lo que realmente pasa en nuestras calles. El no reconocimiento de un flagelo que manda a miles de venezolanos a la morgue. La sobrina detalló el modus operandi: “Es desde que uno entra al metro. Ellos llaman o tocan a la gente para que voltee, y cuando lo logran, lo amenazan con un cuchillo que tienen allí para que no se mueva o grite, es cuando roban todas sus cosas tía. Es terrible.”

Sin proponérmelo esa información se fijó en mi mente. Latía como una vena dentro del cerebro. Advirtiéndome en cada esquina, callejón, avenida, puente, camionetica… Por esa razón cuando me tocaron justo sobre el hombro para que volteara, estaba preparado. Podría haber sorprendido al desgraciado y arrojarlo escaleras abajo del metro, pero me mantuve circunspecto. No atendí al llamado, lógicamente. Avancé mientras el delincuente alzaba su voz:

“Hey, oye tipo, mira…se te cayó una vaina vale…panita no vas a voltear…”

Las voces se multiplicaron:

-“Mira niño, se te cayó algo, recógelo…

-Jepa jeñol, la altera se le cagó.

-Marica ese tipo se le cayó algo, dile…

– Papi te la van a robar…

–Oiga, sus pertenencias…

Admiré la constancia de los delincuentes. Con ese empeño podrían haber logrado cualquier cosa en la vida. Ese día no me robarían, seguro. Sólo hasta que pude sentarme dentro del vagón, descansé. Me extrañó que el tren no avanzara. Pensé en la posibilidad de que me hubieran seguido y me sentí otra vez nervioso. Creí que la tranquilidad de los seres humanos se accionaba escuchando el silbato de la puerta. La espera se prolongó por unos minutos, hasta que escuché mi nombre por los altavoces “Señor José Acosta, favor presentarse en la oficina del operador…señor José Acosta, favor presentarse en la oficina del operador…” Me hice el loco y esperé que las puertas del tren cerraran. Las estaciones se sucedían y mi tensión se estabilizaba. Admiré otra vez la actuación de los criminales. La forma tan articulada y tenaz. La osadía de involucrar a los propios funcionarios del metro en el asunto. Salí de la estación Colegio de Ingenieros y por un hábito rutinario revisé mis bolsillos. Consideré todo en orden hasta pasar unas cuatro cuadras. Fue una completa decepción al precisar mi cartera para pagar algo.

TRES RELATOS

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DISFRUTARÉ CADA SEGUNDO DE TI

Sí, a veces suelo ver cosas que yo mismo me reprocho. Recuerdo una doña como de ochenta con pantis blancas y minifalda, que me clavó la mirada. Por unos cien segundos fui el galán de sus telenovelas. Sus ojos eran dos girasoles que se abrían en una primavera olvidada. Su sonrisa amplia, dejaba ver una prótesis llena de rojo labial. Era como una barbie que envejeció y nunca cambió su guardarropa. El ridículo era un arlequín que hacía muecas a sus espaldas. Noté el contraste entre ella y un maniquí resguardado en una vitrina: desnuda y perturbadora; lo único que evitaba apreciar su imaginaria vulva era un blúmer. Era de encajes de flores, como los que suele usar mi esposa. Fue cuando pensé en ella, en la mujer que me acompañaba desde hacía dieciséis años. “Te necesito A, tienes tiempo que no me haces el amor…quédate hoy por favor, te necesito…” Salí de allí. Mis piernas rápidas cortaban el tiempo mientras mis ideas se ordenaban. Tomé el metro hacia la estación Plaza Sucre. Avanzaba a la casa y mecanografié dentro de mi mente, en la sección de compromisos impostergables: “A, debes disfrutar cada segundo de ella y no dejes que el tiempo te robe sus mejores años.”

DUELO DE MIRADAS

 Desde que salgo a la calle por las mañanas, todo se vuelve hostil. El mundo de los hombres es más complejo del que parece. Los conflictos no suceden sólo afuera, si no en la mente. Sin tener contacto físico, la gente pelea con otros ojos. En todas partes hay un contrincante que tratan de vencer. Las miradas se cruzan, los ceños se fruncen, quien es más fuerte, más arrecho, quién…En el metro todos están frente a frente, el duelo se encarniza, se llena de sangre ocular. Es una prueba para la reivindicación de la hombría. El que pierde baja la mirada y oculta el rostro. Ha quedado expuesto.

Las mujeres rivalizan de otra forma. Usan su poder de persuasión. Se imponen con su voz sugestiva, un cabello de ondulaciones amplificadas, un cuerpo firme de entrenamiento. La imaginación del oponente vuela hacia tierras de seducción. Ella sabe que los tiene cogidos por las pelotas ópticas. Se aferra a un agarradero vertical, uno de tantos tubos metálicos del tren. Para todos inicia el espectáculo de las barras. Arquea la espalda y su tronco queda al descubierto por una chaquetica que cubre lo que puede. El tobogán revela el inicio de los glúteos, que saltan con sus movimientos, o por la forma que se sube ese blue jeans tan ajustado. Levanta el celular, y el estraple muestra generoso una parte de los senos. Así los aniquila a todos cuando el vagón abre sus puertas, y sale sonriente y victoriosa.

TODO PASA EN MI MENTE

 Transitaba por el pasillo de 4to “B” cuando escuché las voces.

–Sí, muy bien muchacha, muévete rápido.

-¿Le gusta así, profe?

-Claro, hija, lo haces mejor que mi esposa.

-Umm, voy a comerme todo esto…

No quería entrar, ni perjudicar al colega, sabía que se trataba de un buen amigo. Por otro lado, era un hecho que no podía permitirse. Lo cumbre era que otros profesores habían ingresado sin alterar el curso de esas voces. Hasta la directora hizo acto de presencia, me saludó y entró. Desde el pasillo escuché su felicitación: “Muy bien Corriles, así se hace, la muchacha necesita que la ilustren bien. Ja ja ja ja

-Ay profe, quiero que esto acabe ya ¿sí?

-¿Pero no te gustaba pues?

-Sí me gusta, pero es una prueba muy fuerte.

-Okey, te la voy a poner más suave…

Abrí la puerta. Ya me interesaba poco la amistad de Carriles, la ética profesional ante todo. Tenía el número telefónico de un defensor grabado en el celular. No sería difícil hacer justicia. Bastaba apretar send. Tenía como un alfiler en mi cabeza de tanto estrés. Noté a varios enfrascados en la prueba y el presunto degenerado explicando los ejercicios a la chica. Creo que fue la verguenza la que me puso nervioso, por suerte, nadie más lo sabía sino yo.

DOS RELATOS

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EL SECRETO

Es una debilidad que oculto desde la pubertad. Esas sensaciones me ataron a una compulsión que debía satisfacer ante todo. Pensé que de adulto, con esposa y en mi rol de padre, quedaría soterrada en el abismo del ocio no cumplido. Lo quise así porque puede ser vergonzoso que la gente lo sepa. Aunque, no puedo; es decir, cuando quedo sólo, sentado frente a la compu, algo me constriñe a oprimir ese link y entonces las veo… imágenes perturbadoras, irresistibles, raras, esbeltas y desnudas, en parajes ignotos. Las amo, digo en mi mente, y mi boca lo repite, húmeda, hambrienta. Mis dedos febriles patinan sobre el teclado: “Se trata de una gardenia azul con un centro dorado muy difícil de hallar, ni aun en el fin del mundo. Es una especie increíble que aparece cada cien años, como el verdadero amor.” Me basta su imagen para terminar el texto, que luego, como suelo hacer siempre, suprimo con mucho dolor por la obra creada. Es lo propio para un hombre como yo, que no llora ni lee novelitas, y mucho menos escribe versos. Es la reputación que debo mantener ante todos.

LA VISITA DEL VAMPIRO

Todas las noches me aproximo a ella detenido en el aire, evocando las fuerzas del deseo. Entreabre sus ojos para cerciorarse que soy yo. Y es cuando la inundo de mí. Y se lo digo al oído de la forma más obscena, porque le gusta que profane el lenguaje. Si supieran que esta mujercita no es más que deseo. Si descubrieran que su fuerza nunca será de nadie.

La embisto y ni un súcubo podría gozarla así. Obtener toda esa energía que derrocha en cada movimiento. En cada sacudida de caderas. La deseé desde que llegó nueva a la clase. Esos blu jeans tan ceñidos, esa boca carnosa, esa narizota…Despierto ofuscado con la luz del nuevo día. Me asombra que mi piel no se queme. ¿Serán sólo mitos de vampiro? Sonrío y me quito las legañas mientras me adecuo a la realidad. Mi cama empapada de fluidos me recuerda que soy sólo un adolescente.