CRÓNICA NEGRA: Al profe lo mataron en un hotel.

Viernes 16 de marzo 2018

Cuando el cuerpo de investigaciones entró al hotel Bocanegra, en la avenida Victoria, una hora después de haber recibido la llamada del administrador.  El cuerpo del profesor Archibaldo Ramírez de 41 años yacía desnudo y boca arriba, sobre una cama impregnada de sangre semi-seca. Su ingle había sido perforada por una bala, igual que sus genitales, provocando el desprendimiento de los testículos y de cuatro litros sangre que vertió por una arteria principal.  Pedro Correa, el administrador del lugar, indicó que no se dio cuenta del hecho porque no hizo inspección ese fin de semana. Fue el lunes 19 cerca de las ocho de la mañana que tocó la puerta de la habitación. La pareja no se había presentado para dejar la llave en recepción. Habían pagado por adelantado ese fin, pero el tiempo de gracia terminaba a las siete de ese lunes.

La comisión le preguntó a Correa si tenía registrado el nombre de la chica, y por qué ya no estaba en la habitación. Revisó el libro de control y dijo el nombre de Ameláis Guzmán de dieciocho años de edad. Confesó que no se dio cuenta cuando la joven salió de la habitación, aunque sí tenía un circuito cerrado y podía darnos más luces. El video del viernes 16 en el pasillo principal indicó que a las 15 horas con 24 minutos de la madrugada, Ameláis Guzmán era sacada con violencia de la habitación por un sospechoso que portaba una Beretta 92FS en su mano derecha. Opuso resistencia antes de montarse al vehículo pero él la golpeó para que lo hiciera y arrancó. El rostro no pudo visualizarse con el zum, ya que llevaba un casco de motorizado, aunque sí una camisa escolar probablemente azul de básica y la insignia de un liceo de la zona. Se maneja que Ameláis era estudiante del mismo liceo y fornicaba con el profesor Archibaldo en dicho hotel, también que el motorizado siendo su novio, y descubriendo la infidelidad, programó seguirlos para vengarse.

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CRÓNICA NEGRA – Lo mataron para robarle una paca de Harina

Caracas, 13 de marzo de 2018

Nos enteramos que el sábado 10 de marzo, un poco más allá de la seis de la tarde, aunque todavía estaba claro, que el cuerpo de Ramón Hinojosa de 35 años cayó de una moto por un balazo en la cabeza, en el barrio el Capitán de Catia. Cuenta su familia que le pagó a un moto-taxi para que lo llevara a dicho barrio a buscar una paca de harina de maíz. Pero al parecer las intenciones de conductor cambiaron. –Es terrible, porque ellos eran amigos, no entiendo qué le pasó al gordo, testificó la esposa evidentemente conmovida. -Sí, habían sido amigos desde la escuela. El gordo tenía fama de malandro pero no tenía antecedentes penales, sólo se dedicaba a su chamba y ya, cuenta un amigo de la víctima. La hipótesis policial aborda el siniestro como un caso de crimen común, sólo que el móvil del delincuente era robarle la comida.

Descripción del suceso: Ramón Hinojosa busca a Jefferson Maldonado (alias el gordo), en la parada de las motos, en la entrada de Gramoven, le pide que lo lleve al Capitán porque un conocido le venderá una paca de Harina. El gordo hace el viaje y cuando llegan, lo ayuda a cargar la paca en la parte de atrás de la moto amarrándola con una liga gruesa, de esas que usan los carritos de mercado. El gordo se monta, enciende la moto y saca una Heckler  semiautomática propinándole un tiro en la frente. Entre todos los testigos que declararon, sólo uno no está de acuerdo con la tesis de que, aunque eran grandes amigos, la necesidad mató al gato y el victimario optó por robarle la comida; al parecer la actual esposa de Hinojosa, había sido primero la mujer del gordo, lo cual dirige todo a un presunto móvil pasional. Actualmente el cuerpo técnico de policías está en la pesquisa del asesino que escapó con la motó y, por supuesto, el voluminoso empaque de papel con 20 paquetes de Harina Pan.

 

CRÓNICA NEGRA: Llegó desnudo a su casa

Caracas, 8 de marzo de 2018

Ayer 7 de marzo el señor Lucas Figueredo de 41 años, llegó desnudo a su casa. La gente se le acercaba haciéndole preguntas tontas, como: -¿Señor se encuentra bien?, ¿le pasó algo?, ¿lo robaron? Sí, al señor Lucas Figueredo lo robaron cuando salía de la estación Plaza Sucre de Catia, por el lado de los Magallanes. Eran dos sujetos que presuntamente lo venían siguiendo desde que salió de un cajero en la avenida Francisco de Miranda de Chacao. Cuenta la víctima que, cuando salió del Metro Plaza Sucre, un hombre le preguntó la hora y al bajar la cabeza para ver su reloj, otro le llegó por detrás, y le hizo sentir su arma. Eso bastó para inmovilizarlo, mientras el que le había preguntado la hora le despojaba de sus objetos personales, entre ellos: el reloj, la billetera (con los diez mil bolívares que le dio el cajero del Banco de Venezuela), su teléfono inteligente valorado en veinticinco millones de bolívares, y la ropa con los zapatos que llevaba puestos.

Figueredo asegura que había visto a los delincuentes en el cajero, justo detrás de él. Acababa de salir del trabajo y le tocó hacer una cola de una hora. Los reconoció porque mientras hacía dicha cola hablaron de política y, curiosamente, de los altos índices de criminalidad.

DOS RELATOS

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Trazos de Profunda Densidad

Al transcurrir los días ya no publicaba nada el blog que no fuera música y documentales. Recordé que desde mi ventana se podía ver su departamento, ubicado en posición oblicua al mío. Asomé la cabeza y allí estaba, en medio de un cigarro interminable, en aquel triste y mugriento balcón. Lo llamé y le hice seña de que bajara, nos veríamos en planta. No era el mismo de meses atrás. Solía encarar las dificultades hasta con cierta osadía, pero el caso de su hijo lo tenía contra el piso. Nos sentamos en un banco y pasó un vendedor de café, pedí dos. Sebas le dio una calada al cigarrillo, y comenzó hablar. Se culpaba por los pensamientos de fuga, de escaparse a un lugar donde pudiera cambiar de vida y por fin tener algo de paz. Le dije lo que creo había escuchado en alguna parte: “El dolor puede ser terapéutico si lo canalizamos bien. Quizás puedas plasmar eso que sientes sobre una hoja.”

-¿Y CREES QUE NO TRATO, MARCEL? LO INTENTO TODAS LAS NOCHES, PERO NO SALE NADA. Comencé un relato hace meses y todavía no lo concluyo, sólo pienso en mi hijo en ese hospital. Dicen que si al pasar los días no se recupera, podría ser irreversible. Estoy desesperado, y creo que voy a explotar si no me voy por un tiempo. Es sólo por un tiempo… no creas que voy a abandonar a mi familia, es para aclarar mi mente… No, no me mires así Marcel, no los dejaré desamparados, les depositaré en una cuenta. Ellos son muy importantes para mí, y si tú pudieras estar con ellos. Mira…ellos te conocen Marcel. Saben que tú has sido más que un vecino, eres como un hermano de la infancia. Solo tienes que presentarte en mi casa y le dices que tuve que hacer un importante viaje, que tú estarás con ellos como si fueras yo. Lo entenderán, Marcel, estoy seguro.

Se levantó, y caminó sin despedirse. No llevaba nada en las manos, sólo un libro, y la cola de un cigarrillo que luego soltó. Su decisión me dejó aturdido. Pensaba detenerlo, pensaba decirle que no contara conmigo para una vaina tan vil. “No voy a apoyarte en esto. Por el amor de Dios, Sebas, afronta tu vida. No le hagas esto a esos seres… Sebas, ellos te aman… Sebas…Sebas…”

Pensé en muchas cosas, pero, finalmente, no abrí la boca. Lo miré aproximarse al tráfico de carros, el smog parecía desvanecer su cuerpo en la distancia. Esa tarde me presenté ante su esposa. No tengo que describir como se puso cuando le conté todo.

Sus lágrimas y el niño valiente, postrado en una cama de hospital, me ataron a un compromiso de humanidad. Llegaba a su habitación con frutas y a veces me vestía de payaso con una gran nariz. Cumplía la misión de ¿la felicidad?; por lo menos le sacaba unas sonrisas a ambos, y el afecto que nunca esperé. El pequeño fue recuperándose gracias a Dios, a la ciencia, y a los cuidados de una mujer valiente. Cada vez que la veía pensaba en lo idiota que fue Sebas.

Ella sigue sin entender por qué te fuiste. Todas las noches después de cenar, sale al balcón a mirar las estrellas. Lo comprendo, se han ido los meses y tú aún no regresas. Por eso he comenzado a exigirle que continúe su vida, que haga algo que ocupe su mente. La invité a correr esta mañana, y luego nos fuimos a buscar al chico en el hospital, hoy le dan de alta. Le gusta pintar y pinta casi como un profesional, aunque no ha ido a la Academia. Pinta a su madre y a mí en distintas facetas. Pinta a la familia. La familia es el tema de sus obras, aunque hay un vacío en algunas. No es necesario adivinarlo, Sebas, tú ausencia se materializa en esos trazos de profunda densidad, donde los ojos se extravían en lo inasible.

Me atreví abordarla una de esas noches, mientras lloraba por ti. Le quité el cigarro de la boca y lo lancé por el balcón. No quiero que fumes, no quiero que te enfermes, le dije. Le hice entender que ella era muy importante para su hijo y ahora también para mí. Sequé sus lágrimas con los pulgares y sus pupilas centellaron. La abracé y caminamos pausadamente al cuarto.

Esa noche ocupé tú lugar, amigo mío. Porque eso era lo que querías desde el principio, ¿verdad?  No sé, nunca podré comprenderte. Espero de verdad que encuentres tu tan anhelada paz. Por lo pronto seguiré escribiéndote en este…el que alguna vez fue tu blog.

Superhéroe

Ella se enamoró más de él, porque amaba a su hijo. Se preocupaba por traer el pan y de que todos comieran. Pasaba el tiempo necesario con sus tareas, por eso las buenas notas de la escuela. Veían películas sobre superhéroes, le encantaba ese tema, de hecho era casi un experto. Como profe de literatura integraba las historietas de Marvel, Allan More y Neil Gaiman a la planificación. Ella le enternecía su afición, porque lo entendía como una travesura que se trajo de la infancia y ahora lo ayudaba a fortalecer su relación con el pequeño Sergio, aunque en ocasiones se tornaba realmente obsesivo. Pensaba que el pequeño tenía la misión de salvar el mundo. Ella llegó hasta fantasear con la idea porque, a qué madre no la ilusiona que su hijo esté destinado a grandes cosas… pero todo cambió el día del accidente. Ese día odiaría a su esposo hasta la muerte. Ese día sería el ser más infeliz de la tierra.

Cruzaban una amplia avenida y no se dieron cuenta cuando el pequeño Sergio se quedó atrás. Quería parar un camión siete cincuenta que se movía a gran velocidad. Estaba seguro que sus poderes emergerían en cualquier momento, sobre todo en condiciones de mayor adversidad.

 

Axel Blanco Castillo

LOS MILAGROS PUEDEN OCURRIR SI LO QUEREMOS

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 A mí amada Maixel

Cuando lo ví estaba a punto de lanzarse. Los faros del tren iluminaron los fierros de las vías, el túnel, las partículas de polvo que flotaban en el aire como un cosmos diminuto o como un más allá que le prometía el sosiego de su dolor. Dio unos pasos, se persignó y asentó su gorra mientras daba el último vistazo a ese mundo que nunca logró entender. Sé que muy dentro rogaba ser salvado de su propia decisión de morir. Lo sé porque yo misma lo sentí cuando intenté lanzarme horas antes. Ayer por la tarde recibí el cuerpo de mi hijo y no paré de llorar. Alguien le dio catorce tiros porque dudó unos segundos en darle su celular nuevecito, acabado de comprar. Cómo lamento no haber estado allí…Cómo lo lamento mi niño.  Si hubiera sabido que tu primer sueldo como técnico lo ibas a gastar en un maldito celular, te lo hubiera arrebatado de las manos. Nadie evitó tu desgracia. Mi desgracia. Ni policías, ni guardias, ni agentes del metro, ni metiches, ni nadie. De la comandancia de policía me llamaron a reclamar tu cuerpo. Estabas en esa fría morgue de Bello Monte, como otros miles que matan los fines de semana. Te identifiqué y firmé el papel: – Sí, es mi muchacho, el que parí hacen dieciocho años en el Clínico Universitario. El que me dejó Sergio, su padre, antes de irse con otra, también preñada como yo. Fue allí que me vine en llanto, en mocos y en todos los fluidos que podía contener. Ellos dijeron que me darían tu cuerpo cuando estuviera en condiciones, y casi agradecida, salí sin decir nada. Llegué justo aquí  para dar el salto de la muerte. Tenía en mi mente tu viva imagen. Cuando te llevé a la escuela por primera vez, cuando te ponía tú ropita, tus zapatos, cuando te convencía para que comieras y te emocionabas porque íbamos a salir, o cuando me preguntabas por tu padre y te ponías a llorar sobre mis piernas. Cuando notaba en silencio que crecías y me daba ese sentimiento, de que llegaría el día en que me dejarías para formar un hogar. Cuando revelabas tus planes futuros de que serías ingeniero. Pero ahora, mi niño, ahora mi hijito, ahora no podrá ser. Ahora no podré verte nunca, y mucho menos feliz.

El metro estaba atiborrado. Eran esas horas en que la gente sale de sus trabajos y luchan para salir o entrar de los vagones. Simplemente no podía llegar al borde para poner fin a mi dolor. Me senté en el piso a esperar que bajara el gentío y recordé: “-¿Mami, mamita, quieres saber cómo podría sufrir yo? – ¿Cómo hijo, cómo podrías, para evitártelo siempre? –Bueno, si murieras mami, o si nunca regresaras a casa.” Eso me infundió fuerzas para vivir, comencé a subir las escaleras, pero escuché los gritos de la gente. Y luego veo a ese pobre muchacho a punto de lanzarse, es como si fuera mi hijo, pidiendo que lo salven. Me abrí paso entre los mirones y lo sujeté antes de que se lanzara. Nadie me ayudó a pesar de que estaba a punto de colapsar y de tumbarse al piso. Sólo miraban o grababan videos con sus teléfonos para compartirlos en las redes. Ni siquiera un funcionario del Metro salió a ofrecer sus servicios. Pero a pesar de su peso logré ponerlo lejos del borde. Lo senté en las escaleras. Insistía en arrojarse al tren porque su vida ya no tenía sentido: “-Ayer unos bichos del barrio mataron a mi vieja. Le dieron un golpe en la cabeza con la pistola y dejó este mundo.” Lo abracé como un hijo. En ese instante, el espacio del andén fue ocupado por el tan esperado tren. Los mirones partieron y todo se llenó de gente nueva. Gente que no supo el milagro que ocurrió. El joven caminó conmigo a la superficie. Su semblante cambió aunque no su tristeza. Me conformé al menos de evitarle esa muerte que no merecía y eso produjo en mí una rara plenitud. Antes de cruzar la avenida me abrazó. Lo vi alejarse como al que se le da una segunda oportunidad. Pero nadie sabe el destino de una vida. Y nuestros pensamientos a veces son como chicles que suelen perder el dulce luego de un tiempo. Voy a serles franca, no puedo asegurar de que se quedó quieto con la idea del suicidio. Quizás lo volvió a intentar al siguiente día. No sé, tal vez es cuestión de que el vacío se apodere de tí y no lo puedas llenar.

Axel Blanco Castillo

LA MALA INSTRUCCIÓN

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“Hijo mío, si los pecadores te quisieran persuadir, no lo consientas.
Si te dicen: Ven con nosotros;
estemos al acecho para derramar sangre
y embosquemos sin motivo a los inocentes;
los tragaremos vivos, como el Seol,
enteros, como los que descienden a la fosa;
hallaremos riquezas de toda clase;
llenaremos nuestras casas de ganancias;
echa tu suerte con nosotros;
tengamos todos una sola bolsa . . .”
Hijo mío, no andes en el camino de ellos;
aparta tu pie de sus senderos,
porque sus pies corren al mal
y se apresuran a derramar sangre. 
Los tesoros de maldad no serán de provecho;
Mas la justicia libra de muerte.”
Proverbios de Salomón

“RCR NOTICIAS, PORQUE LO BUENO UNE: Señores, a continuación el resumen de noticias de las últimas horas: Los índices de criminalidad han aumentado según datos del Instituto Nacional de Estadísticas. 70 homicidios por cada 1000 habitantes, repuntan los fines de semanas. Distintos sectores de la sociedad hacen protestas porque la delincuencia mancha de luto a la familia venezolana. Algunos funcionarios aseguran que la delincuencia es uno de los males que heredamos de la 4ta República, mientras otros, denuncian la pasividad que en esta materia ha tenido el gobierno en los últimos catorce años. En materia económica…”  -Ay manita apaga eso que me aturde. Todo es negativo, la verdad, cómo se puede vivir en esa zozobra. –A mí me gusta Imandra, se escuchan unas vainas… La peluquera apaga el secador, y con el cepillo en la mano, camina hasta el aparato moviendo el dial hacia la derecha. –Ay sí, me encanta esa, ¿cómo es que se llama? –Circuito Éxitos, creo. Sobre la silla Imandra mueve los hombros como si bailara y explaya una sonrisa frente al espejo. Está feliz porque su hijo le compró una quinta en la Trinidad. Nunca se imaginó que algún día saldría de la Morán, y mucho menos por obra y gracia de Atencio, que ni estudió ni le gusta trabajar. Pero así son las cosas de la vida, de pronto le llegó un día con unas llaves y la sacó del rancho. Fue como si se hubiesen ganado la lotería y el billete les hubiera caído de sopetón: Casa, carro, y todo lo que pidiera por esa boca. – ¿Y cómo está tu hijo?, ¿sigue dándote dolores de cabeza? –Ay no chica, mi gordo se afirmó. Consiguió un trabajo no sé dónde y me tiene como una reina. Si lo vieras cómo se viste ahora, todo de marca. Hasta me sacó del rancho, ya no vivo en la Morán, ¿sabes?, para darte un dato de cómo se las juega ahora mi gordito. –Ajá, y se puede saber a dónde te mudaste vieja pichirre. Imandra lanza una carcajada y le dice la dirección exacta en la Trinidad. –Quiero que vayas este fin y me hagas las mechas, porfa. La peluquera detuvo el cepillo arriba, por unos segundos, estirando una cabellera de casi metro y medio de largo. Por un momento abrigó esperanzas de una visita de ocio, sin tener que llevarse el bolso ese, tan pesado e incómodo. -Si tienes secador y cepillo no te cobro, mana, en verdad no quería trabajar este fin, pero por ser tú, haré una excepción…

Imandra tenía de todo. Atencio equipó su casa con tecnología de punta: TV Táctil, nevera inteligente, microondas, una colección de ayudantes de cocina, mini-componente que se prende con sólo escuchar la voz, aire acondicionado 60.000btu, muebles, tapetes persas…, y todo lo que la imaginación de una humilde peluquera pueda concebir. –Siéntate chica, pareces una gafa parada allí. La peluquera estaba hechizada con tanto lujo. También sorprendida del giro que había tomado la vida de su amiga, tan pobrecita que era. Recordaba que siempre le quedaba debiendo los peinados, y a veces, simplemente, se los dispensaba. A Imandra le gustaba ir a su casa en el Cuartel, porque a su concepto era la casa más bella que había visto en su vida. Ahora las cosas se habían revertido. Ahora era ella la que pensaba, francamente, que la casa de Imandra era la más bella que había visto. También el concepto que tenía de Atencio había cambiado, que lo conocía a través de los relatos de Imandra. –¿Esa es la foto de Atencio? –Sí, verdad que es bello mi gordo. No entiendo por qué Yayita lo dejó. Si él se desvivía por ella. Un día le prometió matrimonio pero ella se empeñaba en ponerle trabas al asunto. Que disque era mejor que se conocieran bien. Que además, tenía que comprobar unos rumores que corrían por allí sobre él. Dime tú, pararle a lo que dice la gente. Chica, es que lo puedo jurar con este puño de cruces, mi hijo no es ningún malandro, él lo que hace es aprovechar las oportunidades que le brinda la vida. La peluquera le ha colocado un gorro de goma a Imandra. Es un gorro con orificios, para seleccionar los mechones sin tocar el resto del cabello. A través de la goma saca los mechones, los decolora, y los pinta de una vez con un Koleston especial. Tras esperar media hora, retira el gorro, lava y seca el cabello. Las mechas color champagne acentúan los rasgos de Imandra. Sus pómulos emergen, la nariz se ve un poco más respingada, y los ojos más grandes. La peluquera mira su trabajo satisfecha, y se lo muestra a Imandra. –Uy, cómo cambian esas mechas, mana. La verdad es que me hacía falta, porque a veces mi cabello se pone como una tomuza. Una vez, sin mentirte, se quedó mi plancha atascada allí. – ¿Pero la plancha no es muy grande?, Imandra, digo, para quedar tan atrapadita en tu cabello, je je. –Es mi plancha gafa, éstos… (se saca los postizos dentales de la boca y los vuelve a introducir). –Ah, creí que era la de planchar. La peluquera se queda mirando la foto de Atencio. La verdad es que no es feo, piensa. Bien vestido y con una corbata, puede pasar por licenciado o un empresario de esos poderosos. Aunque en realidad ella nunca se ha impuesto esas metas. Siendo honesta consigo misma, tiene tiempo que no sabe lo que es un hombre. Y Atencio es soltero. Quizás su amiga Imandra consienta la relación de una humilde peluquera con su gordito. Imandra capta los chispazos que salen de la pupila de su amiga sobre la foto y sonríe. Tal vez ella sea la última oportunidad de Atencio para casarse, para que le dé un nietecito. ¿Será algo tan difícil tener un nieto? En realidad, desde que Atencio le trae tanto dinero y tantas cosas, siente que algo le puede suceder en cualquier momento. Por eso es que quiere un nietecito, para no quedarse sola. –Chica te voy a preguntar algo, pero quiero que seas sincera… ¿te gusta Atencio? La peluquera se queda muda por unos segundos y luego afirma con la cabeza. –Pero no quiero que le digas nada, Imandra. Deja que las cosas surjan por sí solas. –Tranquila, déjamelo a mí chica, mi gordo caerá rendido a tus pies. En ese momento el cerrojo suena y la puerta principal se abre. Atencio aparece con el rostro blanco de miedo, un sudor frío lo recorre de pies a cabeza. Lanza con esfuerzo un bolso que, al caer, se abre lleno de billetes. Su franela está roja de sangre, porque le han dado tiro abajo del pectoral izquierdo. Casi se cae, pero su madre y la peluquera lo sostienen rápido, lo llevan al mueble. Imandra sale histérica a buscar el maletín de primeros auxilios, mientras su amiga trata de evitar que la sangre siga saliendo, presionando con un trapo. Fue justo en ese instante cuando ella se presentó. Le dijo que además de peluquera, también era amiga de su madre, y que la podía llamar Lourdes.

PARTÍCULAS MARAVILLOSAS

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Soy un guiñapo pateando el borde filoso de la estación, burlando la muerte. Estúpida mente que alucina con los rieles. Estúpidos dulces venenosos que nunca debí tragar. Abajo crece el mar metálico y dos soles se ponen en el horizonte. Es como estar en otro planeta. Ejecuto mi mejor clavado… El que siempre quise hacer y nunca hice… Soy Riddick. Soy el capitán del Enterprise en un agujero psicodélico. Soy millones de chispas que flotan y traspasan el techo a una velocidad de no retorno. Ya no me importa quien fui, lo he olvidado. Si me preguntas por mi destino, que si tengo certeza de lo que me espera, es sencillo, no lo pienso. Tampoco creo tener siquiera una sutil idea del dolor que sentiré. Lo que sé, es que mi pecho se convulsiona por algo más que dolor, como si mi corazón fuera derretido por llamas… Sí, es por tí Milena…porque me dejaste. Porque me abandonaste en este cosmos incomprensible. Porque no dejaste una maldita pista de tú paradero. No tuviste misericordia de este patán. El que te daba lo que querías, tú paliza, tú noche de fiesta, tú doble dosis de peligro. Es lo que me decías siempre, aunque sabías que era tú perdición. Claro, nuestra perdición… Caigo, y es como si te escuchara hablar. Dónde estás Milena, dónde te fuistes. Espero que no te arrojes como yo al maldito tren.
Mi acción inesperada, como es obvio,  genera pánico. Muchos abren sus bocas y gritan como si eso pudiera salvarme. Algunas madres tapan los ojos de sus chicos. Pero  la mayoría se aglutina al borde para precisar detalles. Aunque otros sólo explotan de risa, sin poder explicar que son los nervios, pero no importa, yo lo sé, y los perdono. Perdono a todos los que quisieron ayudarme o los que no. Perdono a los que criticaron mi vida. Esta cinta difusa que se reproduce sin que pueda evitarlo.Todo este tiempo para pensar, lo siento raro. Parece que caigo sin caer, sin que pase lo que tiene que pasar. El que conduce el tren sonríe mientras lee algo en su celular. Por fin mi cuerpo se adecúa en el aire para la colisión. Las ruedas contra los rieles emiten chispas que terminan por llenarlo todo. Es cuando noto a Milena. Su cabello azul me ayudó ubicarla. Al parecer no me dí cuenta de sus gritos chillones. De mi nombre cantado en sus labios con ese toque aniñado. Viniste hermosura, viniste, y no me dejaste, y eso quiere decir que me perdonas… ¿verdad?…
Qué ironía amor, que ironía…
Ahora que me convierto en millones de partículas…
Recuerdo que una vez rabiosa me dijiste…
Que querías verme morir.